miércoles, 14 de febrero de 2018


ESPACIO - TIEMPO

Afuera llueve, estoy detenido.
Miles de velos cristalinos cubren
el rostro de la naturaleza.
Muy lejos en el tiempo, ante otra lluvia,
un hombre menos moderno
y su compañera de caverna
reinventan el fuego,
para asar la pierna del animal cazado.
Más cerca en la Historia
una tribu entera se arrodilla
y su sacerdote levanta las palmas al primer cielo.
 
Afuera está el mundo ajeno
atravesado por las extremidades de fuego
del poder, la codicia y la violencia.
Las flechas de la estadística hieren,
el país escucha el manifiesto de los números.
Millones de hombres entregan su fuerza, se cansan,
caen cual pedazos de roble tras el corte asesino.
A caldo y papa, a pan y frijoles,
a escasos miligramos de fósforo y potasio,
a bocanadas de oxígeno y humor, se recuperan.
Se levantan cada día,
antes del abrazo del Sol a la Tierra,
Los miran de reojo los desadaptados sociales.
Pasan sobre ellos los binoculares
de los que no sudan, de los impertérritos;
con qué placer echan al aire las ganancias,
consumando el acto injusto, el sufrimiento o la muerte.
Explotan voces, arden las orejas,
los medios fabrican escudos de entretenimiento.
Siguen los billetes y monedas atrayéndose entre sí.
 
En el tiempo en que no había ciudad ni rascacielos,
cuando no había pactos secretos,
el hombre gozaba de libertad para ponerse de cabeza,
tirarse de panza donde sea,
dormirse en un árbol si quisiera.
Era un creador nato que nada debía a otro homo sapiens,
un miembro de manada que compartía su caza,
pero también un rudo defensor de su vida.
El progreso estaba en manos de buenos salvajes.
Quién sabe cómo, quién sabe cuándo,
se hicieron líderes las bestias malas
y le brotaron alas a la ambición y la perversidad.
 
La fe conjunta es energía pura.
Recorre cíclicamente los tres mundos Inca,
hermana a los terrícolas afines y de polos opuestos.
No hay montaña, frontera ni río impasable
cuando se juntan humanos grávidos de esperanza.
Es bueno fijar el norte de nuestro ser
y saber por dónde sale el Sol, para orientarnos al bien.
La fe es una raíz en tierra que mantiene la vida;
muchos solo le salpican agua en el templo.
Creyentes discuten con otros creyentes,
sobre ellos gravita la culpa de construir
altos muros delante de la fe, por todas partes.
No todos tienen derecho a llamarse seres humanos.
La ambulancia corre por la ruta de la incertidumbre,
su sirena grita a los sanos que se aparten,
mientras rezan los familiares del moribundo.
La fe es un camino libre que llega al cielo imaginado,
donde la felicidad es un estado normal en todos.
 
Creo sin ver, como casi todos lo hacen,
que hay otros animales racionales
en algún plano de existencia de la Vía Láctea.
Constituyen un acto racial de fe
los mensajes arrojados en las Voyager 1 y 2
al mar del universo, a los espirales de la galaxia,
sin calcular el apetito de los agujeros negros.
Se espera respuesta de una civilización desconocida.
Se prolonga más años luz el camino de la esperanza.
 
Afuera llueve, estoy detenido.
Mi equilibrio emocional está en minoría de edad.
¿Estamos perdidos en el tiempo y en el espacio?
No, no lo estamos, solo nos equivocamos al actuar.
No basta creer en un posible mejor mundo.
El humano necesita tirar al barranco sus frustraciones,
dar bramidos de libertad, igualdad y paz,
en cada siglo venidero;
domar, transformar a las bestias malas
y poner la pirámide exactamente al revés.
Y si todo es en vano y se produce la hecatombe,
silbará triste el viento y una gota de agua caerá del cielo
como única señal de esperanza:
la convivencia pacífica de los pocos sobrevivientes.
 
 
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