jueves, 23 de julio de 2020

MONZÓN : EL PARAÍSO PERDIDO








MONZÓN : EL PARAÍSO PERDIDO
Historia del país de los Carapachos y sus riquezas

LOS PRIMEROS MONZONENSES

La región del  Monzón estuvo habitado desde el periodo neolítico por  recolectores, cazadores y pescadores, cuyas huellas son los petroglifos de San Juan de Capi, al noreste del Centro Poblado de Caunarapa,  y los de Chaupiyacu y Paucaco. Estos hombres semi nómades, con el transcurrir del tiempo se fueron organizando en  tribus que vivían apartadas unas de otras: carapachos, callisecas, anayungas, chuscos y quidquicanos, teniendo por vecinos a los tinganeses, chupaychos, panatahuas, tecpis, tuytincanos, etc.

Los grabados en piedra son producto de un desarrollo cognitivo complejo, pues se trata de  un misterioso lenguaje de símbolos relacionados con la cosmovisión que tenían los primitivos monzonenses. En opinión del docente, investigador y curtido explorador Luis Marino Serrano Anticona, «son diseños simbólicos grabados en roca, muestra de la avanzada forma de comunicación de los carapachos de la montaña. Estos grabados fueron hechos de diferentes tamaños y orientaciones, representan figuras antropomorfas, zoomorfas como serpientes, felinos, aves, astros, entre otros. Requieren urgente estudio, cuidado y valoración por las autoridades, debiendo realizarse  esfuerzos para que sean declarados patrimonio cultural, pues constituyen un testimonio sobresaliente de los nativos de selva alta del  departamento de Huánuco» (1).

Mensaje de los antiguos monzonenses en San Juan de Capi
Por tradición oral se tiene por cierto que en el sitio conocido como Pucara («de color  rojo») hubo un combate  entre los carapacho («desnudo») y los chupaycho («lleva cola de animal»), resultando vencedores los primeros, que  luego concentraron su poder en Chipaco (pueblo más antiguo de Monzón), en las cercanías de Chicoplaya; este episodio bélico habría permitido a los carapachos asumir una posición de liderazgo en el valle. Sirva como referencia significativa también que en la parte alta el río Pucara es conocido con el nombre de Chipaquillo.

Los mencionados petroglifos y los restos  preincas  en las cimas de algunos cerros evidencian el desarrollo gradual de la Cultura Carapacho, el nivel de organización social, política y religiosa de las tribus asentadas en el territorio de Monzón.

En el lado sureste del Centro Poblado de Maravillas, zona ocupada en el pasado por los anayungas, se han hallado monolitos antropomorfos y zoomorfos, instrumentos líticos, ceramios y algunas rústicas construcciones de piedra con argamasa de barro; el educador e investigador Enoch Calderón Jara considera que los anayungas fueron los primeros pobladores del valle de Monzón y destaca la estratégica ubicación de su ciudadela: «han construido sus viviendas, eras y miradores en un cerro que se encuentra en la margen derecha del río Pan de Azúcar y margen izquierda del río Anayunga, ambos afluentes del río Maravillas; esta colina casi inaccesible por los lados, en la parte superior cuenta con una especie de pequeña  lomada o meseta, a una altitud de 1500 msnm» (2).

De similar antigüedad son los vestigios del Complejo Arqueológico de Chaupiyacu («agua que pasa por el medio»), que recientemente se ha redescubierto para el mundo. Se trata de una ciudadela con características de fortaleza y observatorio, cuenta con  recintos de piedra toscamente labrada  en varios niveles de la montaña,  escalinatas de piedra, pirca de contorno o muralla de defensa, se aprecia asimismo una larga viga  saliente de una construcción y lo que es aún más enigmático: una hilera de huancas (piedras sagradas) en la parte alta.

El historiador Límber Rivera, señala que en el periodo de reinos y señoríos locales  o Intermedio Tardío (1000 d.C. y 1450 d.C), «en la cuenca de los ríos Santo Domingo, Chinchao, Monzón, Tulumayo, Magdalena, etc. se asientan numerosas organizaciones tribales como los panatahuas y los rupa-rupa (carapacho, anayunga, calliseca, tulumayo, tinganes, etc.)» (3). Y precisa  que los carapacho, calliseca y anayunga habitaron en los cursos medio y alto del Monzón.

Por su parte, el obispo Francisco Rubén Berroa escribió: «Por el río Grande, hoy Huallaga, vivían los Chupachos hasta Pillao; en adelante, a la margen derecha del Huallaga, los Panatahuas; más adentro los Chuscos, Timayos, Tulumayos y Chunatahuas; los Tingaleses, Carapachos y Cutquiscanas, por el Monzón»(4).

En un estudio publicado en 2017, síntesis de la tesis doctoral del geógrafo Javier Pulgar Vidal, presentada en 1939 a la Universidad Católica del Perú, se detalla las zonas de ocupación antes de la llegada de los españoles, a saber: «la tribu de los panatahuas ocupaban las cuencas de los ríos Chinchao, Jaupar y Cayumba; los chuscos ocupaban la cuenca del río Rondos; los carapachos del oeste, ocupaban la cuenca del Monzón y del Tazo; los chunatahuas la cuenca del río del mismo nombre y todas las cuencas de los ríos entre el Pagragtay por el sur; y, el río de las Palmas por el norte. La tribu de los tinganeses ocupaban lo que ahora se llama Tingo María y en aquel entonces era llamado Tonúa; la tribu de los tulumayos ocupaba la zona del río del mismo nombre; los chuquidcanas y cutidcanas ocupaban las ahora deshabitadas cuencas de los ríos Santa María y Magdalena; los carapachos del oriente ocupaban las cuencas de los ríos Azul y Aucayaco» (5).

DOMINIO INCAICO, CONQUISTADORES Y EL NOMBRE DE MONZÓN

Las tribus que habitaban el valle habrían sido guerreras, así lo hacen suponer los restos arqueológicos que se aprecian en la parte alta de escarpados cerros, construcciones tipo fortaleza que contaban con muros de defensa y atalayas para la vigilia y control territorial. Muy a pesar de su espíritu combativo   fueron sometidos por Túpac Inca Yupanqui, quien les ofreció regalos, ayuda y protección para el bienestar general.

Fundamento de que los incas ejercieron dominio en esa parte del Alto Huallaga es la existencia de vestigios del Camino Inca, ramales del longitudinal Huánuco Viejo-Chachapoyas, que terminan en ciertos lugares del actual Monzón; incluso hay un camino incaico de penetración que viene desde Chavín, pasa por Rapayán y llega hasta el valle del Monzón. Además, desde tiempos muy antiguos se sembraba coca en la zona y habían bosques de quina, cuya corteza se utilizaba para bajar las fiebres, razones que el Inca valoró en su momento y aprovechó en beneficio de su imperio.

Elocuente grabado que muestra el dominio español.
En este periodo comienza la migración de pobladores andinos de Ancash y Huánuco hacia la selva monzonense y al resto del Alto Huallaga; se potencia el intercambio de productos y se van integrando verdaderamente las poblaciones de sierra y selva, a través de los ramales del Qhapaq Ñan y de los numerosos senderos preincas de la coca-sal. Con la conquista española se vino todo abajo; el choque cultural fue brutal, pero los indígenas selváticos teniendo noticias del sistema de esclavitud  o muerte que estaba imponiendo el hombre blanco por todo el Tawantinsuyo,  se mantuvieron  alerta y en pie de guerra, en situaciones de peligro abandonaban sus aldeas y se internaban en los inexpugnables montes  volviendo casi a la condición de bárbaros.

Con el afán de avasallar a los silvícolas y obtener el oro oculto de los incas, los conquistadores españoles penetraron en la selva por sus principales ríos. Alonso Mercadillo fue el primero en navegar el río Huallaga hasta el Amazonas, en 1536; pretendiendo descubrir la región de los chupachos, partió de Jauja y llegó a la provincia de Maynas (Loreto). En 1538, Alonso de Alvarado partió de Chachapoyas y llegó al río Huallaga. Tanto Mercadillo como Alvarado fueron abatidos por el sublevado príncipe inca Yllatopa, que entre los años 1537 y 1543 lideró la resistencia contra los invasores españoles en Huánuco.

La zona de exploración. Mapa elaborado por el misionero
jesuita Samuel Fritz, en 1691
En 1557, Gómez Arias Dávila fue encomendado por el virrey Andrés Hurtado de Mendoza para  explorar el territorio rupa-rupa y conquistar a los panatahuas, pero fracasó por cometer abusos que motivaron la feroz respuesta de los indígenas; no obstante, junto a la desembocadura del río Tulumayo fundó el pueblo Espíritu Santo de Sisimpar, «que había de constituirse en centro de colonización y capital de la Gobernación de Rupa-Rupa» (6). Otro ambicioso aventurero fue Pedro de Ursúa, quien en 1563 pasó penurias explorando el Huallaga, el Marañón y el Amazonas en busca de El Dorado --la ilusoria ciudad del oro y la canela--; fue asesinado por Lope de Aguirre, quien se autoproclamó rey de los marañones.

Particularmente, Gómez Arias Dávila es un personaje muy importante. El pacificador Pedro La Gasca le concedió  en 1548 la encomienda de los chupachos. Y en 1554 encabezó el grupo de hidalgos huanuqueños que con ayuda de los huancas (7) logró en Jauja la captura del rebelde Francisco Hernández Girón; en mérito de ello el monarca  Carlos V le otorgó a la ciudad un escudo real de armas y el título de «Muy noble y muy leal ciudad de León de Huánuco de los caballeros». Tal reconocimiento se había efectuado  en una villa llamada Monzón, en la provincia de Huesca, región Aragón, España; justamente, como una forma de perennizar  este  suceso histórico los jesuitas  habrían  fundado en la pampa de Chicoplaya, selva de Huamalíes, Huánuco, un pueblo con el nombre de «Monzón», el mismo que sería reubicado y rebautizado por el misionero franciscano F. Álvarez de Villanueva, llamándolo «San Francisco de Monzón», en 1788; coincidentemente, en la villa española de Monzón existe desde el año 1235 el «convento San Francisco de Monzón».

Por otro lado, es posible que en el siglo XVI alguno de los citados exploradores, algún expedicionario o misionero español, no se conoce quién, descubriera el río Monzón, haya pisado por primera vez  el suelo de tan ubérrima región y lo hubiera bautizado con un vocablo apropiado y/o conocido. Se ve pues que el nombre Monzón sería foráneo, pudiendo aludir a la mentada villa española --Monzón, en la provincia de Huesca, donde existe un castillo-fortaleza que data del siglo X--, con la que esa parte de la selva habría tenido semejanza; porque los conquistadores acostumbraban designar ríos, territorios y fundar pueblos con nombres españoles, en homenaje a los lugares de su patria. Esta segunda hipótesis explicaría también el origen del nombre de Monzón.

Una tercera teoría, muy válida por cierto, es la planteada por el historiador José Varallanos, quien sugiere que Monzón derivaría de «mushon», palabra quechua que significa mudanza, cambio, nuevo (8), lo cual lleva a suponer que Monzón quiere decir en realidad «pueblo nuevo», sin descartar que a la llegada de los españoles existía ya una aldea de los carapachos con ese nombre «Mushon», de similar pronunciación a «Monzón».

LOS  MISIONEROS JESUITAS Y FRANCISCANOS

Desde los primeros años de la Colonia los misioneros hicieron intentos por evangelizar el oriente peruano, pero fracasaban por falta de una estrategia articulada para atraer a los nativos al mundo cristiano; eran vistos como salvajes, no como seres humanos; su tarea se complicaba por la barreras del idioma, la selva inhóspita  y la lejanía de los ranchos o zonas que ocupaban las tribus, separadas unas de otras. El historiador José Varallanos nos cuenta que los primeros misioneros en llegar a los panatahuas fueron los frailes franciscanos  Antonio Jurado y Francisco de Olivares, acompañando a Gómez  Arias Dávila, en la accidentada incursión  a la zona Rupa’Rupa, en 1557. Después de este y otros  poco felices episodios se produjo una mesurada pausa misional.

A partir de 1573,  en que se dan las Ordenanzas del Rey Felipe II respecto a la «evangelización pacífica» y el virrey Toledo (1569 -81) promulga normas para un buen gobierno del Perú, los misioneros  franciscanos  y los recién llegados padres de la Compañía de Jesús (1968) salieron con entusiasmo a conquistar las almas de los habitantes del oriente peruano. Les correspondió a los jesuitas ser los primeros españoles en llegar al distante valle del Monzón  y hacer allí un trabajo socio-religioso-cultural importante.

Pruebas documentales e investigaciones dan cuenta que ya en el siglo XVI, los misioneros jesuitas habían fundado  «como veinte pueblos, siendo los principales Chavin de Pariarca, Monzón, Chapacra,  Ascensión, Paucaco y demás  de la ancha quebrada de Insuro. De estos, existia el primero situado al occidente de la cordillera, y tenia ya una buena iglesia; el segundo estaba reducido á doce familias; los demás habían desaparecido por las irrupciones de los bárbaros, y porque les faltó protección desde que los jesuitas los entregaron a la autoridad ordinaria a causa de haberse contraído a otras empresas por los años 1580» (9). Al respecto, Antonio Raimondi, en su obra «El Perú», dice lo siguiente: «Lo que parece quitar toda duda respecto de la existencia de estos antiguos pueblos de los Jesuitas son unos cuadros existentes en las iglesias que subsisten, y algunos títulos dados en tiempo y a nombre de aquellos misioneros hasta la fecha de 1580 (Antiguo Mercurio Peruano - Nueva edición por M. A. Fuentes - Tomo VII, pág. 246)».

En 1619,  el misionero franciscano Gregorio Bolívar, acompañado por los frailes Juan de San Antonio y Matías de San Francisco, se propuso conquistar a los panatahuas y carapachos; el resultado fue desastroso. La jungla, literalmente, los expulsó. Por esta penosa experiencia, nadie se atrevíó en varios años a internarse en los bosques del Alto Huallaga.

La evangelización tomó nuevo impulso en la época del Arzobispo Mons. Gonzalo de Ocampo (1625-26). El autor Alexandre Coello de la Rosa, estudioso de las misiones jesuitas en las Américas y las Islas Marianas, cuenta que el 27 de mayo de 1626, el prelado «emprendió una visita pastoral acompañado del doctor Hernando de Avendaño y de los padres jesuitas Miguel de Salazar y Luis de Teruel, con el fin de recabar información sobre las idolatrías de los indios (...) Durante su gobierno trató de convertir al cristianismo a los indios infieles de la comarca de León de Huánuco, próxima a las tierras habitadas por los carapachos y panataguas, en el corregimiento de Huamalíes, enviando visitadores seculares por todo el territorio. Pero no tuvo tiempo y falleció antes de cumplir su objetivo» (10).

La evangelización pacífica tuvo éxito.
Mons. Gonzalo de Ocampo arribó a Huánuco el 15 de julio de 1626 y celebró allí una misa solemne el 6 de agosto, fecha significativa porque tras la ceremonia se bautizó a ocho panatahuas, entre los que estaba el cacique Talancha, dándosele el nombre cristiano de Antonio. Un mes después, el 15 de agosto despachó al Lic. don Juan Díaz de Quintana y al Rvdo. Padre Superior Miguel Salazar, a la tierra de los panataguas y tingaleses, entregándoles una imagen bendita de Cristo Crucificado y todo lo necesario para fundar una iglesia. Como aquella misión fue exitosa, el Arzobispo creyó propicia la oportunidad para catequizar también a  los carapachos y quidquicanos de la doctrina de Chavín de Pariarca.

Francisco Rubén Berroa da detalles del suceso: «La expedición la componían: el Lic. don Tomás de Sedano, su mayordomo, el Lic. [Chávez de] Carrión, cura de Chavín, y otros clérigos; marcharon escoltados por soldados, para que los defendieran. Pero poco después, parecióle al Arzobispo más conveniente, para dar ánimo a sus misioneros, que él personalmente debía presidir la catequización, y emprendió la marcha a dar alcance a sus heraldos, con rumbo a Chavín. En efecto, sus trabajos merecieron los favores del cielo; la misión alcanzó todo éxito: los Carapachos en número de 28 de los principales, y entre ellos cuatro caciques, salieron a dar alcance al  Arzobispo, quien los trató con todo cariño. Establecida la evangelización, dejó para que continuaran la obra, a cuatro padres de la Compañía de Jesús, nombrándolos curas» (11).

La Compañía de Jesús, con el aval del nuevo Arzobispo de Lima Fernando Arias de Ugarte (1630-38), obtuvo la doctrina de Chavín de Pariarca. Fue así que en marzo de 1631 llegaron a esa base de misiones los padres Pedro Silva, Bartolomé Mexía y el hermano  Alonso Gómez, quienes en adelante redujeron a los carapachos (12). En un documento publicado en el Boletín del Instituto Riva Agüero el año 1992 se menciona que fueron recibidos con cierto recelo en Chavín, pero «en poco tiempo los padres establecieron muy buenas relaciones con los vecinos y sobre todo con los indios, entre los cuales desplegaron una intensa actividad misionera. El padre Bartolomé Mexía elaboró un catecismo en lengua de los carapachos, una gramática y un vocabulario con más de dos mil palabras, de vital importancia todo ello, ya que los indios de la montaña entendían muy mal el quechua» (13).

Allá por el año 1638, fray Antonio de la Calancha escribía: «Por aquí [Chavín) han entrado y van conquistando muchas ánimas de los pantahuas y carapachos, fueron de los primeros el Padre Silva, y el Padre Antonio de Aguirre criollo de Chuquisaca, tienen iglesia en el valle de panpanteco, donde han fundado un pueblo, que se llama La Ascensión» (14).

Así como los jesuitas, el año 1631 los misioneros franciscanos marcaron un hito histórico en la evangelización de la selva central. El iqueño Fray Felipe Luyando, acompañado de los padres Juan Rondón, Jerónimo Jiménez, Juan Velazco y Cristóbal Larios decidió entrar a la región de los panatahuas; partieron de Huánuco el 10 de mayo y tras difíciles jornadas, siguiendo trochas por la espesura de los bosques y sufriendo accidentes menores, llegaron el viernes 23 de mayo  a la zona del río Chinchao; se les acercó el cacique Talancha con un escuadrón de ciento cincuenta indios panatahuas, quienes al ver que su líder besó la mano del padre guardián, en señal de respeto y vasallaje arrojaron al suelo sus armas, y se arrodillaron, recibiendo la bendición. Después se presentaron a los padres cinco caciques más, quedando todos encantados de ese encuentro.

A la mañana siguiente arribaron a Tonúa, situado en la parte del Huallaga donde desemboca   el  Chinchao, siendo recibidos por la multitud de gozosos panatahuas.  Pero el domingo, terminada la misa, se vivió momentos de tensión, porque se acercaban al pueblo tropas de los chunatahuas, tinganeses, quidquicanos y carapachos; se temía un enfrenatmiento sangriento. «En esto llegó al padre Luyando un embajador de los indios Carapachos, a asegurarle que ellos venían en son de paz, que no los confundiese con los Tinganeses; que todos los caciques Carapachos y su gente de guerra venían a rendirle la obediencia» (15); este hecho inclinó la balanza en favor de misioneros, porque finalmente el padre Luyando logró reunirse con el total de los dieciséis líderes de las naciones, llegando a buen entendimiento. Se obtuvo la paz y hubo fiesta.

Cuando partieron a su tierra los nativos de las diferentes tribus, se presentaron ante Felipe Luyando los caciques carapachos Sucaso, Abtumba y Germano, para decirle que mientras él se ocupaba de la conversión de los panatahuas y recorría los lugares de las otras naciones --el padre Luyando con algunos compañeros recorrieron y evangelizaron toda la región de los ríos Monzón y Tulumayo--, les enviase uno de sus frailes, por cuanto querían tener iglesia y oir la palabra de Dios como en Tonúa. « El padre creyó que debía atender a una súplica tan bien pensada, en que a las claras se veía la mano de Dios, y enviarles al padre Juan Rondón. Este humilde y fervoroso misionero no se pudo negar a la voluntad de su legítimo superior, como era el padre Luyando (...). El padre Rondón, acatando lo voluntad de su prelado, puesto de rodillas, con humildad evangélica y serenidad de ángel, pidióle la bendición y partió a la tierra de los Carapachos, resuelto a evangelizar a aquellas almas» (16).

Como vemos, los jesuitas y franciscanos se complementaron en la noble misión de evangelizar a los carapachos. Particularmente, la Compañía de Jesús se retiró de la doctrina de Chavín de Pariarca en 1650, habiendo logrado la conversión de 2000 indios en 19 años de intenso trabajo. Así nacían a la vida cristiana los habitantes del valle del  Monzón.

Con el tiempo los pueblos mencionados, algunos rebautizados y otros fundados después pasaron a tener mayor importancia en el siglo XVIII con la llegada al territorio monzonense del explorador Matías Abadía y del comerciante Juan Bezares, quien en 1789 abrió el camino de penetración Tantamayo-Chicoplaya para generar trabajo en diversas ramas de la actividad económica y permitir la explotación de los recursos naturales, entre ellos la coca y la preciada Quina amarilla o Calisaya; Bezares puso en un sitial de prestigio al valle del Monzón, impulsó la agricultura, la ganadería y el comercio, contagió con su espíritu emprendedor a los pobladores y llegó a tener el cargo de Justicia Mayor de las doctrinas de Chavín de Pariarca, Huacaybamba y Huacrachuco en 1795.

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FUENTES CONSULTADAS:

(1) Publicación de facebook, 12/06/19, Nanpureq HR, Luis Marino Serrano,  docente de Historia y Geografía, Unidad de Investigación de Explorer-Perú.
(2) Enoch Calderón Jara, Artículo «Anayungas, primeros pobladores del valle del Monzón», 27/11/2018. Link: enochcalderon.blogspot.com
(3) Huánuco: etapa prehispánica, Límber Rivera, 2001, p 106.
(4) Monografía de la Diócesis de Huánuco, contribución a la historia eclesiástica peruana, Mons. Bishop Francisco Rubén Berroa, 1934.
(5) El valle del Alto Huallaga: un análisis regional (síntesis de la tesis doctoral de Javier Pulgar Vidal-1944), Sociedad Geográfica de Lima, 2017
(6) Etnohistoria de la Alta Amazonia, Santos Granero Fernando, 1992.
(7) Paños e Hidalguía: encomenderos y sociedad colonial en Huánuco, Miguel León Gómez, 2002.
(8) Historia de Huánuco, José Varallanos, 1959.
(9) Diccionario histórico - biográfico del Perú, Parte Primera, Tomo II, Manuel de Mendiburu, 1876. 
(10) El pregonero de Dios: Diego Martínez, SJ, misionero jesuita del Perú colonial (1543-1626), Alexandre Coello de la Rosa, 2010.
(11) Monografía de la Diócesis de Huánuco, contribución a la historia eclesiástica peruana, Mons. Bishop Francisco Rubén Berroa, 1934.
(12) Los jesuitas del Perú 1568 -1767, Rubén Vargas Ugarte, 1941.
(13) Chavín de Pariarca en el siglo XVII. Un documento sobre la doctrina de la Compañía de Jesús, Juan Carlos García, Archivo Arzobispal de  Lima,  Boletín del Instituto Riva Agüero, Lima,1992, N° 19 
(14) Crónica moralizada, Fray Antonio de la Calancha, 1638 (1974).
(15) Historia de las misiones franciscanas y narración de los progresos de la geografía en el Oriente del Perú, Padre Fray Bernardino Izaguirre, Volumen 1, 2001.
(16) Ibid.

FOTOGRAFÍAS:
Valle del Monzón, tomada de Inforegión.pe (Agencia de Prensa Ambiental) 
Árbol de la Quina y petroglifos de San Juan de Capi, tomadas del FB de Monzón turístico