domingo, 2 de julio de 2017

MODELO ALTERNATIVO AL CAPITALISMO



Una nueva visión de la economía

Ciertamente, el economista Hugo Salinas González (Huacrachuco, Marañón, Huánuco, 1942) se está convirtiendo poco a poco en el gurú de la economía moderna, porque a partir del estudio de los procesos de trabajo ha identificado las fallas de origen del sistema socio-político-económico que impera en el mundo actual y ha desarrollado una teoría que propone la creación de un segundo sector en la economía, donde las utilidades pertenezcan al país y por ende sean repartidas de manera más o menos igualitaria entre todos los habitantes del país.

Cabe mencionar que, en el ámbito teórico, ha estudiado temas que van más allá de El Capital, de Karl Marx, quien se ocupó básicamente del capitalismo, pero dejó rutas abiertas para investigar, como por ejemplo en la afirmación siguiente: «[…] el hombre que no posee nada más que su fuerza de trabajo será obligatoriamente, en cualquier sociedad o civilización, el esclavo de otros hombres que se habrán erigido en detentores de las condiciones objetivas del trabajo». Hugo Salinas se internó por años en los terrenos de la Historia buscando las causas de los problemas de la humanidad y halló las respuestas que le han permitido teorizar una posible solución.

Es autor de «¿Hacia dónde va la economía-mundo?» (París, 1993; Arequipa, 1993; y Lima, 2011); «Progreso y bienestar, urbi et orbi. Tomo I. Una nueva visión de la economía y de la sociedad» ( Lima, 2009); «Progreso y bienestar, urbi et orbi. Tomo II. Cómo eliminar el desempleo» (Lima, 2010); «Las empresas-país y la gran transformación» (Lima, 2013); y «Teoría del cambio. Otro mundo es posible» (Lima, 2016).
 
Cada uno de los citados libros muestra la progresión de sus investigaciones y análisis, hasta formular propuestas viables que conduzcan al desarrollo de un modelo alternativo al capitalismo, el cual implica «resolver, en primera instancia, las abismales diferencias socio-económicas entre los habitantes de un país». Tales diferencias, afirma, surgieron hace 10 mil años aproximadamente, en la segunda fase de la actividad socio-económica basada en la agricultura y ganadería, cuando los primeros grupos de trabajadores tuvieron la necesidad de apropiarse de nuevas tierras cultivables para su subsistencia, iniciándose las feroces luchas sociales.
 
«Cuando un grupo social se impone a otro, constituyendo así la sociedad, la fuerza del grupo social vencedor, en términos de potencia militar, potencia económica, etc., se concentra en la clase social dominante; en cambio, el grupo social vencido es arrebatado de todos sus medios de trabajo y de guerra. En adelante, el grupo social vencido no es más que una clase social-fuerza de trabajo. Además, por el mecanismo de extorsión, la proletarización es permanente para uno, la acumulación y la concentración de riquezas será para el otro. Es así como un número reducido de personas de la clase social dominante puede extorsionar, sin piedad ni remordimiento, a un gran número de personas de la clase social-fuerza de trabajo» (Hacia dónde va la economía mundo. Capítulo IV: La sociedad. Título 2: La relacion de dominación).
 
¿CUÁL ES EL ORIGEN DE LOS MALES DE LA SOCIEDAD?

El economista que se formó en las aulas de la Universidad Nacional Federico Villarreal y obtuvo el doctorado en la Universidad de París XII Val de Marne, Francia, sostiene que el origen de los males de la sociedad «radica en la Repartición Individualista. Es decir, en que el 100% del resultado neto de la actividad económica se orienta, única y exclusivamente, al propietario de la empresa o a sus accionistas. La casi totalidad del esfuerzo de un pueblo se concentra en poquísimas manos (menos del 1% de la población total)». Según Oxfam International, la riqueza acumulada de 62 personas es igual a la riqueza acumulada de la mitad de la población mundial (3.7 mil millones de personas).
 
El sistema actual en el mundo entero, dice, tiene efectos sociales perversos: desocupación, marginación, pobreza, desnutrición, analfabetismo, depredación de recursos naturales; países desarrollados, subdesarrollados; millonarios del Tercer Mundo y millonarios del Primer Mundo.
 
«Los procesos de trabajo son realizados por la humanidad en su conjunto y por nadie en particular; la humanidad ha ido creando riquezas cada vez con más productividad. El asunto está en saber a quién pertenece el resultado de esa actividad económica; por lógica, debería pertenecer al conjunto, a todos los miembros de la sociedad, pero desde hace unos miles de años hemos ingresado a una forma de repartición completamente mortífera, porque hacemos que el resultado del esfuerzo de una sociedad sea solamente acopiado por un número pequeñísimo de la sociedad, esa es la repartición individualista. En términos más o menos generales, que los conocemos todos, decimos: las empresas generan utilidades y estas pertenecen a los accionistas, y a nadie más; ¿y el resto?» [...] «No podemos depositar el resultado neto del esfuerzo de una sociedad solamente en aquellos accionistas». (Entrevista en Hora 8 Perú Tv, You Tube, 13 de junio de 2011).

LA RUTA DEL CAMBIO
 
En su último libro «Teoría del cambio. Otro mundo es posible», el Dr. Hugo Salinas, plantea una suerte de ruta a seguir para el cambio de rumbo económico, desarrollando un modelo alternativo al capitalismo.

Propone la creación de un segundo sector en la economía de libre mercado, que funcione compitiendo en paralelo con el sector uno tal cual lo conocemos actualmente. En el sector económico alternativo, prevé la formación de empresas-país — contando con el soporte financiero de la emisión monetaria —, cuyas utilidades generadas sean repartidas en partes iguales entre todos los habitantes del país, porque el capital pertenece a todos. De esta forma, se reimplantaría la Repartición Igualitaria — que estuvo vigente los primeros 190 mil años de la humanidad— y con el transcurrir del tiempo se resolverían los problemas actuales como la pobreza, el desempleo, la desnutrición infantil, las injusticias y las desigualdades en general.
 
«Hace diez mil años que hacemos lo mismo sin mayores resultados. En el Perú y las tierras de los pueblos originarios del Tawantinsuyo, desde hace seis siglos. Cambiemos de actitud y de prácticas», expresa con firmeza el Dr. Hugo Salinas, un visionario de la economía y propulsor del cambio.

 
Texto de propuesta, donde formula su tesis de la gran transformación del país.
 
Hugo Salinas tiene su identidad muy bien definida y siente gran aprecio
por el desarrollo que alcanzaron las culturas ancestrales.
 
En Wanuco Marka, capital del Chinchaysuyo. El economista
se inspiró en el modelo Inca para desarrollar su teoría.
 

lunes, 19 de junio de 2017

CONQUISTADOR


 
El verano se detuvo en mis veintiún años,
cuando te descubrí caminando por mi calle.
Desde entonces mi corazón gobierna
y todos los caminos me conducen hacia ti.
Salgo acicalado a rondar por tus fronteras
y mientras avanzo, sigiloso y trepidante,
voy enfilando detrás de mis labios
palabras de amor para robarte una mirada.

Me llaman aquellas margaritas blancas
con sus fieles ojillos amarillos
que se mueven del sí al no en el vuelo de tu falda.
Tu figura, tus hombros, tus vestidos me atraen,
sigo de cerca tu aroma,
y a veces siento que te vas sin haber llegado.
Vengo y voy por donde apareces,
esperando conocer tus ojos
que son tímidos conmigo.
 
Si tan solo voltearas un instante
y luego te fueras sin esperar mis pasos,
seguiría contento mi camino sobre algodones,
ausentándome por horas del mundo.
Si tan solo me alcanzara la luz de tu sonrisa
sabría que el Sol se ha puesto de mi lado
y podría esperar feliz otra señal.

 Quizás un lunes de colegio en la librería,
un jueves en el parque de las palmeras cómplices
o un domingo en que salga la Luna temprano,
pueda verte, raramente atrevida,
acariciando tus cabellos rojos para mí.
Ese síntoma de amor valdría tanto
como un futuro te quiero,
como todos los besos juntos de la primera vez.
 
 Soy un aspirante a enamorado perpetuo,
que vivirá conquistándote en las cuatro estaciones.

 


© All rights reserved, 2017.
 
Fotografía: Señorita tomando café. Cuadro realista-impresionista
del pintor ruso Konstantin Razumov (Moscú, 1974).

 

viernes, 21 de abril de 2017

ACERCA DEL FRUTO DEL DESEO
Y UN MISTERIO [*]


La naranja: el fruto del deseo.
La llegada de una camioneta con tres pasajeras apuró a todos en la cocina-comedor. Doña Primitiva reconoció al conductor y salió a darle la bienvenida. 

 
--Sí, hay almuerzo. Ahorita salen; ya termina de comer mi gente grande.
 
El sol comenzó a castigar a las viajeras. Eran tayabambinas: mamá, tía y una agraciada joven de uñas pintadas, que iban a visitar a sus familiares de Huacrachuco. Se lavaron las manos y la cara con el agua cristalina de la acequia cercana, como para menguar la sensación de calor intenso. El chofer, que era paisano y amigo de confianza de las damas, realizó con ellas una corta caminata por el lugar, pero el calor era insufrible; no había sombra ni aire suficiente, hasta el suelo quemaba. Terminaron en el río. Después, disfrutaron el rico almuerzo, entre risas y frescos comentarios.
 
Afuera, los niños tomaron los espacios de sombra delante de la casa para jugar a las canicas. Casimiro era el que más se regocijaba, porque disparando su bolita desde lejos lograba impactar a las pequeñas esferas de vidrio adversarias; podía lanzar igual utilizando la uña del pulgar, índice o del dedo medio, se sobrentendía que su extraordinaria puntería la había desarrollado jugando en la puna con sus hermanos y primos. Gracias a que el terreno del patio no era muy plano, el niño de Huagana fallaba también, generalmente su tiro final al ñoco; entonces, Juaneco y Christian, cada cual en su turno, afinaban la puntería y, si podían, cascaban fuerte a la canica de onduladas líneas de colores de Casimiro, alejándola lo más posible del hoyo, para luego golpear a la otra bolita y tratar de embocar la propia.
 
Casimiro ya había ganado dos juegos cuando salieron de la cocina las niñas de Piso. Grizel, la mayor, caminaba nerviosa junto a René, como si tratara de no ser vista por Christian; él ni las vio pasar, porque estaba concentrado en no fallar su tiro contra la bolita de Juaneco. Después, pasaron Eulogia y Anita con Óliver, motivando la suspensión del juego, ya que Juaneco había recibido previamente la orden de su madre de ir a recoger naranjas.
 
A sus diez años, Juaneco y Christian lideraban el grupo, turnándose para empujar el buggy que llevaba como carga costales vacíos y un machete. Casimiro, menor de ellos por un año, avanzaba distraído haciendo dar vueltas su hondilla de jebe en el índice o lanzando piedritas a cualquier parte; ya sabía que no debía herir a las tórtolas, mucho menos a los guardacaballos que suelen posarse en la copa de los árboles frutales, porque hacerlo traía mala suerte. La adolescente Eulogia llevaba de la mano a Óliver, mientras Anita se divertía viendo cómo las hermanitas de Piso reían sutilmente entre sí, sin ocultar su agrado por estar cerca del costeñito de gorrita marrón y descolorido jean azul; Christian ni se daba cuenta de eso. Así, pasaron la curva de Ocunal y llegaron a la zona de Limón, nombrada así porque en la parte alta se habían sembrado sólo limoneros.
 
Cuando todos hubieron descendido de la carretera al huerto de los naranjos, pasó la camioneta con las tayabambinas. La faena debía comenzar. Estaban ante dos árboles verdes de copa redondeada y de más o menos cinco metros de altura, cargado de naranjas; sí, allí estaban los frutos deseados, luciendo su forma esférica y llamativo color, protegidas por ramas ligeramente espinosas y numerosas hojas ovales y lustrosas.
 
-- Busquen los ganchos, chicos-- mandó Eulogia. Se refería a los carrizos largos que tenían atadas a la punta un gancho de madera, adecuado a la medida para desprender las frutas del árbol.
 
-- ¡Qué naranja tan grande, esa, allá arriba!-- señaló René con el índice.
 
-- Hay varias maduras, por aquel lado-- le indicó Anita a Juaneco, quien ya estaba listo para desprender las naranjas con el gancho.
 
-- Dime, Grizel, ¿cuál quieres para ti?-- le dijo con naturalidad Christian a la niña de rubilindo cabello. Sorprendida, ella enmudeció. Y él, en ese momento, vio los más hermosos ojos verdes y un rostro de cutis sonrosado, que parecía iluminarse con los rayos solares que se filtraban entre las ramas en aquel atardecer. Una vez que reaccionaron, Grizel señaló una naranja y Christian la desprendió para ella; los gestos de amistad entre ambos ocurrían sin que nadie a su alrededor se diera cuenta, ni siquiera René que se había puesto a corretear con Óliver. 
 
-- Chicos: traten de chaparlas en el aire, que no se golpeen-- aconsejaba Eulogia.
 
De todos, el único que hacía una labor de cosecha impecable era Juaneco; él enganchaba en el punto exacto, jalaba despacio acercando la rama y luego hacía un leve giro con el gancho para desprender la naranja, la cual caía directo al sombrero que sostenía su colaboradora Anita. Casimiro y Christian trataban de imitarlo, contando con el apoyo de Grizel y Eulogia, pero a ellas las vencía la risa y algunas naranjas cayeron sobre la hierba.
 
Terminando de bajar las naranjas, que juntas sumaban cuarenta y seis, se trasladaron todos al sector de los paltos, donde siempre había algo para cosechar. Juaneco se trepó rápidamente al árbol de palta fuerte y fue cogiendo los frutos que ya estaban a punto de cosecha-- él los elegía por su tamaño y buen aspecto, fácilmente reconocible viendo el pleno desarrollo del color verde en la cáscara ligeramente áspera--, arrojándolos casi de inmediato a las manos de Christian o Casimiro; ellos, por su parte, bajaron con los ganchos algunas otras paltas, según les indicaba Juaneco. Eulogia y Grizel se dirigieron a los coposos arbolitos de palta negra, cuyo fruto piriforme se caracteriza por tener la piel precisamente negra, delgada y lisa, siendo muy apreciada por la pulpa cremosa y su exquisito sabor; estaban recogiendo las que lograban alcanzar con la mano, cuando de pronto escucharon un grito de René: ¡Óliver, adónde vas!.

Huerto de los naranjos y la zona denominada Ocunal.
Alarmados, los cosechadores se volvieron hacia René y buscaron con la mirada al rubio; él no estaba. Eulogia atravesó velozmente el huerto y fue tras René, quien ya había logrado detener a Óliver en el camino que conduce a Ocunal, un pequeño pantano de espeso lodo negro que se había formado hace muchos años con la crecida del río.

--Mi yama, mi yama. Queyo jugay-- le decía Óliver a René.
 
--¡Por ahí se ha ido un niño gordito! ¡No conozco!-- avisó la pequeña de siete años a Eulogia, señalándole un caminito que pasaba entre las delgadas contoyas.
 
 El grupo rastreó íntegramente un amplio sector, desde el canto del río Huacrachuco hasta los alrededores de Ocunal, y no vieron a nadie. El niño desconocido había desaparecido. René lo había visto bien, cara a cara, antes que se alejara; por ello, los demás le preguntaban cómo era y ella lo describía una y otra vez. Se hermanaron la curiosidad y el asombro.  

--Era del tamaño de Óliver. Chiquito, y gordito, y chaposito.

--¿Cómo estaba vestido?

--Le vi con camisa a rayas.Pantaloncito negro, de bayeta.

--¿Tiene llanques? ¿O anda descalzo?.
 
--Sí, llanques; le vi como cualquiera. 

--¿Pantalón de lana?
 
--Sí, sí. ¿No te digo?. Es de bayeta, negro.
 
--Y su cara: ¿cómo es?
 
-- Tiene carita redonda. Le vi chaposito, como niño de puna.

Eulogia deslizó la idea del niño encantado, pidiendo a la vez en voz baja que regresasen y se mantuvieran juntos en el huerto, donde había que terminar la tarea. Chicos y chicas se quedaron pensando un momento en lo dicho por la púber, pero después recobraron la alegría, considerando que habían rescatado a Óliver y que lo llevaban sano y salvo con ellos. Óliver, que no entendía bien el porqué del alboroto previo ni le daba mucha importancia a lo sucedido, se sintió feliz en medio de la celebración, ya que le mostraban caras alegres, lo cariñaban y cargaban; la imagen del extraño niño que lo había llamado hacia Ocunal quedó como un vago recuerdo en su mente. Todo estaba en orden, porque René contó que el «niño del pantano» no había tocado al gringo ni habían hablado.

Tras el misterioso suceso, trasladaron las frutas al buggy y retornaron a la casa. Niñas y niños venían jugando y haciéndose bromas inocentes; ni se habían cansado. Anita llevaba de la mano a Óliver, pero él se soltaba seguido, porque quería ver las lagartijas que buscaba también Casimiro por el margen de la carretera. Siempre adelante iba la carretilla que empujaba Eulogia, con notable esfuerzo.
 
Y como era su costumbre, Christian sorprendía a cualquiera con sus preguntas; así llegó a saber que Casimiro y su hermanita se marcharían el domingo a la jalca y que sobre la carretera, más allá de la cabecera del terreno de Limón, muy cerca del camino de subida que seguirían hacia Huagana, existe un lugar donde brota agua cristalina, razón por la cual lo llaman «ojo de agua» o «puquio», un manantial que provee de agua para el riego, una fuente de vida a la que acude el ganado para calmar su sed; asimismo averiguó que Eulogia tenía catorce años, Anita ocho y la edad que no olvidaría: los nueve años de Grizel.

(...)

[ * ] Continuación del relato «Cosecha de yucas en Mamahuaji» 

Apréciese las plantas de limón y el camino de subida hacia Huagana.
Terreno Limón, en Mamahuaji (Huacrachuco, Marañón, Huánuco).
 


COSECHA DE YUCAS EN MAMAHUAJI [*]
 
El grupito fue recibido con entusiasmo por doña Primi y su comitiva. Los chicos hablaban al mismo tiempo, orgullosos de la pesca; todos recibieron felicitación, en especial Óliver, quien fue abrazado por Eulogia, acariciado por Grizel y René, y cargado con amor por su madre. Christian se rezagó un poco del resto, pero no tardó Juaneco en acercarlo nuevamente al grupo; fue en ese momento que Grizel, la niña rubia, lo vio de cerca por primera vez, deteniendo un instante la mirada en sus ojos pardos: le pareció guapo aquel niño blanco, de gorrita vistosa y cuyo nombre no sabía todavía.

Luego, como si estuviera establecido, las mujeres se llevaron los pescados a la cocina y los varoncitos se quedaron con Juaneco en el patio, para ayudarlo a extender la atarraya que debía orear bien antes de ser guardarda. El atardecer cambió de color al volver a brillar el sol en el cielo claro y pronto el suelo quedó totalmente seco, como si no hubiera llovido ese segundo viernes de enero.

Christian vio la señal que le hizo su padre con un leve giro de cabeza y supo que debía ir con él. Juaneco, Milton y Casimiro se quedaron mirando al ingeniero Galarzé, quien avanzaba presuroso hacia su camioneta pick-up blanca.

--¿Papá, ya nos vamos?--le preguntó.

--Sí, hijo. Súbete, vamos a Cajabamba. Por allá están los carreteros, con un tractor parado, parece por falta de combustible. En esta época de invierno el tractor tiene que estar bien, porque con las lluvias hay que estar limpiando constantemente la carrretera.
 
--¿Habrá caído huaico en Chúcaromonte?

--¡Esperemos que no, hijo!-- contestó, al mismo tiempo que encendía el carro.
 
--¡Quédese don Armando a la merienda!-- le dijo doña Primitiva, dirigiéndose a la huerta con la niña René para recoger limones--. Habrá chilcano.

--Hay trabajo que hacer arriba en Cajabamba y pasaré hasta Huacrachuco-- respondió--. Y, sin más demora, se despidió al vuelo--: ¡Regreso doña Primi!

Cuando volvieron de Huacrachuco, seis días después, Christian se apuró en bajar del vehículo de su padre para buscar a sus amiguitos, pero no vio a ninguno. No había chicos en el río y nadie jugaba por ningún lado; estaban ausentes las voces de los niños. El lugar estaba tomado por los adultos. Había llegado de Pataz un viejo camión, cuyo chofer conversaba apurado con doña Primitiva en el patio, y sus cinco pasajeros comían papaya sentados en las bancas y poyos del exterior del restaurante; era obvio que no se quedarían al almuerzo, porque faltaba más de una hora para el mediodía.

El padre nunca perdió de vista a su hijo y viéndolo desandar tan solo, bajó de la camioneta y se aproximó a él.

--Hijo, vamos a comprar. ¿Quieres algún refresco o papaya?

--Mejor maracuyá, papá.

--Bueno. Yo tomaré una gaseosa.

Doña Primitiva, siempre muy atenta a todos los requerimientos, vio el brazo en alto de Galarzé y se acercó pronto con su manojo de llaves para abrir la tiendita ubicada al costado del huerto. Rápidamente, a Christian le invitó dos maracuyás y a su padre le vendió galletas y Concordia, la bebida gaseosa que se fabricaba en Chiclayo y se veía por doquier, en todo el norte del país, como el símbolo de éxito económico del Grupo Concordia.

--¿Y Juaneco, doña Primi?-- preguntó el blanquiñoso.

Juaneco, Casimiro, Anita y Óliver se habían ido con el hortelano Buñi a la chacra de yucas, situada como doscientos metros a la izquierda del puente, al pie de la carretera que se dirige al río Marañón. Su amiguito Milton ya no estaba en Mamahuaji.
 
--Más ratito voy para la chacra, ¿vamos?-- inquietó al niño la fundadora de Mamahuaji--. Déjelo don Armando; su hijo se halla con los chicos de acá-- dijo, mirando al papá, intentando convencerlo.

Armando Galarzé vio a su hijo con ganas de quedarse y resolvió:

--Entonces, se lo encargo doña Primi.

--No se preocupe don Armando, Christian va estar bien.

--Yo voy al campamento de Chibche y regresaré tarde. Tengo que darle su navidad al guardián y hacer un inventario de las cosas que hay abajo. El sábado van a estar por acá los carreteros también; ya llega febrero, tiempo de más lluvias y huaicos.

--Bueno, acá tienen su vivienda ellos-- contestó alegre doña Primitiva, refiriéndose a los dos cuartos que habían construido los carreteros en la banda, a la derecha del puente.

--¡Cuidate hijo, ah!
 
--Está bien, papá--respondió Christian, algo entusiasmado.

--Sólo le pido algo doña Primi-- expresó medio en broma --: ¡Hágalo trabajar!. Que juegue, pero también que ayude en lo que haya que hacer. Acá nadie debe estar con los brazos cruzados.

--Yo hago trabajar a todo el mundo. Para comenzar, ahorita lo llevo a traer yucas de la chacra.
 
--Hijo: ¡haz caso en todo a doña Primi!-- recomendó a su pequeño, moviendo de arriba abajo el índice derecho--. ¡Te quiero, hijo!--le dijo luego, abrazándolo con ternura.
  
Definido todo, la Toyota blanca cruzó el puente y dobló hacia la izquierda, levantando mucho polvo por la carretera; alborotados, Cazador y Pantera lanzaron un par de ladridos desde el puente. El niño de Lima vio partir también el viejo camión hacia Huacrachuco, antes que doña Primitiva regresara a su lado; cuando se pusieron en camino hacia la chacra, desde la puerta de la cocina, la rubicunda Grizel y su hermanita René los siguieron con la mirada hasta que desaparecieron.
 
Christian le preguntaba de todo a doña Primitiva: ¿de quién es esa huerta?, ¿cómo se llama por aquí?, ¿de dónde viene ese canal?, ¿cómo se llama esa planta?. Esa curiosidad infantil le agradaba a la mujer del temple y sonriendo respondía. Así continuaron hasta que el pequeño advirtió la presencia de una carretilla al borde de la carretera.

--!Allí está don Buñi!-- exclamó, alcanzando a ver primero al hortelano, que aflojaba la tierra con una lampa para poner al descubierto las yucas--. ¡Y Juaneco, Casimiro y Anita, y Óliver!.
 
Al lado de las plantas de yuca, los niños eran bajitos; sólo el viejo sombrero de paño de don Buñi se veía a nivel de los penachos de hojas palmeadas y lobuladas de los arbustos más altos. Cada integrante del grupo asumió al principio una función: Juaneco se encargaba del desramado, dejando solo una pequeña copa al final del tallo verde oscuro; don Buñi cortaba el tallo a medio metro del suelo, escarbaba y apartaba suavemente la tierra de encima con la lampa o con el machete, y luego jalaba el tronco hacia arriba; Casmiro, Christian y Anita terminaban de desenterrar los tubérculos, palpando su cáscara leñosa, notando la blancura de su pulpa y asombrándose continuamente de su gran tamaño y variado grosor, pues algunos superaban el medio metro de largo y pesaban tanto que los retiraban arrastrando; en tanto Óliver y su mamá los metían en un costal. Al final, todos se pusieron a desenterrar y juntar las yucas, en medio de amenos comentarios; sin duda, no faltaron las preguntas de Christian.

-- De qué crece la yuca? ¿Tiene semilla?

-- Yuca crece del tallo. Se corta en trozos de una cuarta y cada trozo se siembra inclinadito, haciendo hoyo en la tierra-- dijo doña Primitiva.

Don Buñi recogió un tallo, cortó de este un trozo de más o menos veinte centímetros y lo mostró a los pequeños, señalando con el dedo los seis nudos que tenía y el ojo germinativo. Acompañaba su demostración con palabras, pero sólo doña Primitiva lo entendía. 

-- El palito debe tener seis o siete nudos, dice-- intervino ella en el momento preciso--. De ese ojo verdecito va crecer la nueva yuca, dice. Y así es-- aseguró, señalando también con el índice el mismo ojo de retoño que era fácil de ver en la pequeña estaca--; ¿no don Buñi?.

Mientras los mayores terminaban la explicación, Óliver se había ido al canto de la chacra, donde curiosamente miraba por entre las hojas pecioladas de la planta trepadora llamada mate, calabaza americana o porongo. Anita y Christian caminaron hacia el pequeñín y descubrieron el maravilloso fruto del mate, sentado sobre el suelo; era de forma redonda y aplanada, de piel lisa, color verde claro y de un diámetro aproximado de treinta centímetros. En ese instante de fascinación, Christian recordó el recipiente que usaban los campesinos de Huacrachuco para medir la cantidad de sus granos o para aventar el trigo en la era, al terminar la trilla; también se le vino a la mente los mates burilados, piezas con hermosos grabados, que había visto en las tiendas de artesanía en Lima; se hincó junto a Óliver y Anita, y emocionado tocó delicadamente el único fruto que había brotado de la planta.

-- ¡Qué lindo está mi mate!-- manifestó satisfecha la dueña del pequeño yucal, acercándose --. Hay que cuidarla, es mi nueva siembra-- recomendó. Entonces, los niños se pusieron de pie y regresaron a la faena.

El hortelano puso dos costales con yucas sobre el buggy y los niños, que acalorados subieron a la carretera, agregaron un tubérculo cada uno. Doña Primitva cercó con espinas la entrada de la chacra y don Buñi, una vez acomodada la carga, comenzó a empujar la carretilla hacia la casa, siendo escoltado alegremente por los niños. La huerta de la patrona se veía espléndida desde la carretera de la banda y el río Huacrachuco calmado, inalterable antes y después de su unión con el Anchic, manteniendo el ritmo de sus olas matizadas de verde y blanco.

En el trayecto, Christian se dio cuenta que sudaba más que los demás, sensación que ya había experimentado tiempo atrás, pareciéndole eso muy extraño; sin embargo, dejó de pensar en la sudoración y, mirando más bien a su alrededor, comprendió lo beneficioso que resulta usar sombreros y gorras. Las ramas de los molles apenas se movían; el sol inclemente estaba en el centro del despejado cielo.

Como era de esperarse, ni bien llegaron al patio de la casa, los niños enrumbaron en fila hacia el río para refrescarse. Doña Primitiva ingresó presurosa a su cocina, donde Eulogia y las acomedidas niñas Grizel y René la pusieron al tanto de todo; afuera, don Buñi ya sabía lo que tenía que hacer con el cargamento de yucas. En minutos, el almuerzo consistente en una sopa casera y seco de res estaría servido para los animosos cosechadores de yuca.

(...)
 
[*] Continuación del relato «Pesca con atarraya en el Anchic»