jueves, 7 de febrero de 2019



LOS CHIVITOS HAMBRIENTOS
Y DON MOSHE [*]

Doña Primi se alegró mucho al ver la cantidad de paltas y naranjas que habían traído. Los miró emocionada, los alabó y sintiéndose la mamá de todos los premió con una naranja a cada uno. El patio de la casa se cubrió de felicidad; los niños corrían, brincaban, tirando al aire su naranja y atrapándola de inmediato; las niñas, menos efusivas, solo reían mirándose entre ellas.

René y Anita todavía no terminaban de descascarar su naranja cuando comenzó a escucharse el balido de las cabras que regresaban del campo, entonces le encargaron a Eulogia su fruta. Ellas tenían que sacar a los chivitos de un cuartito contiguo a la cocina, para que vayan a tomar leche de su madre; don Edelín, el cabrero, siempre los dejaba en la casa hasta que cumplieran por lo menos un mes de vida, porque si no tenía que estar cargándolos y cuando los soltaba en el campo apenas podían avanzar, con fecuencia se quedaban dormidos por la ladera.

-- Bee bee bee-- llamaban las cabras madres a sus chivitos. Y estos iban hacia ellas emitiendo balidos finitos y con las piernitas temblorosas.

-- ¡Allawchi, chivitos!-- exclamó Juaneco al verlos caminar a los nueve pequeños lapis. Cinco de ellos avanzaban tambaleando su hermoso cuerpecito, cubierto de pelaje de colores contrastantes, marrón rojizo con pintas claras, bayo con manchas negras o pardas, y negro con manchas blancas; por su alimento iban como podían, con los ojillos curiosos y las orejitas caídas, siendo seguidas de cerquita por Casimiro y las niñas menores.

-- ¡Allawchi, los lapis!-- dijo también Eulogia, la niña grande, desde cierta distancia, viendo a los cabritos meterse a la tropa en busca de su mamá para alcanzar sin demora las gordas tetas.

-- ¡Allawchi, mami teta, leche tomalé, dice, allawchi!-- manifestó emocionada Grizel, inclinándose ante la tierna escena de un chivito lapi tratando de prenderse a la ubre de su madre. A su costado, de cuclillas se puso Óliver, para observar cómo mamaba el lapi.

Las amorosas niñas estaban atentas a todo. Muy resuelta, Anita iba en busca de una cabra rebelde, mientras René mantenía en pie a su cría, un enclenque cabrito de apenas dos semanas de nacido. Cuando lograban juntarlos, se aseguraban que el pequeño tomara su leche: René acercaba el hociquito del chivito a las ubres de la madre y, como este no lograba prenderse, entraba en acción Anita exprimiendo la leche de los pezones directamente a la boquita del animalito. Socias en aquella espontánea labor de amor, las chiquillas sonreían tiernamente; cualquier fotógrafo hubiera deseado ser testigo de ese hecho para hacerle un click a la felicidad.

Christian observaba sorprendido y con gusto el conjunto de muestras de cariño por los animalitos. Le llamaban la atención los cuernos puntiagudos de los chivos viejos, el garboso paso de los cabritos más desarrollados y la forma cómo jugueteaban los maltones, cuyas orejas se movían como pañuelos. Por un momento quiso acercarse a la rubia Grizel, la niña que le había empezado a gustar, pero al instante se distrajo y se volatilizó su deseo. A medio camino de todos sus impulsos, llevando la mirada de uno a otro lado, sonriendo en todas direcciones, se decidió a seguir el sereno paso de Eulogia hacia el corral donde pasaba la noche el rebaño.

Las cabras se expresaban en su singular idioma caprino, empleando distintos tonos, antes de ser encerradas. Agitando las barbas al brinco, algunas se apartaban dando luego largos balidos en dirección a la carretera; otras, en actitud altiva, emitían sonidos roncos o chillidos prolongados, en tanto que las demás entraban al corral balando y en tropel.

-- Cabga lambida, ajoma poguel guío, jajay-- expresaba con ironía el camayo Edelín, quien una vez que llegaba a la casa se despreocupaba de las andariegas cabras.

Don Edelín venía cansado, caminando medio torcido, casi como wishtu (cojo), con el pantalón flojo y los llanques bastante gastados ya por los rigores del trajín diario, directo a la cocina donde debía haber sí o sí algún refresco esperándolo en su mesa. El sonsito se alegraba cuando le daba la bienvenida doña Primitiva, porque ella comprendía todas sus palabras y todos sus impredecibles arranques; «mammá Prime», le decía, y ella siempre le conversaba de cerquita, iniciando su trato con cariño y respeto: «Don Edelín». Pero habían momentos en que Edelín montaba en cólera y nadie lo podía contentar o apaciguar, entonces lo dejaban solo con su mirada de fuego, rumiando su malestar contra el rebaño: ¡mapa cabgas!, ¡oguejonas!, ¡a piedgas, a palos voy aguiar!; en tales circunstancias de descontrol, ni doña Primi se le acercaba, solo de lejos murmuraba con algo de sorna: «¡tatay, se molestó, aura pué, el mocho laya!».

En tanto las últimas cabras con sus crías entraban al corral, habían llegado a la casa una señora enferma con su esposo y un hombre de aspecto bonachón con alforja al hombro. Doña Primi conversó brevemente con la pareja de desconocidos y luego hizo pasar a la cocina al hombre que ya era amigo de la casa, quedándose largo rato con él. Juaneco y Eulogia lo conocían, Olivercito apenas se acordaba de él, pero la mayoría de los niños no supo quién era hasta la hora de la cena, en que el simpático hombrecito contó con singular elocuencia pasajes de su fascinante vida recorriendo los caminos de la sierra y de la selva.

Don Moshe, «el arriero», así lo llamaba doña Primi, era un afamado viajero y comerciante. Llevaba y traía mercadería, de la sierra a la selva y viceversa. Vendía el colorante para teñir los tejidos llamado «pacho», tierra de color azul o negro extraída de la mina ancashina Gachpis (caserío de Ocopón, distrito Parobamba, provincia de Pomabamba); también los tintes o anilinas que compraba en Tayabamba, capital de la provincia liberteña de Pataz. Podía aparecer con una, dos o tres acémilas por algún poblado pomabambino, patacino, huacrachuquino, huacaybambino, uchicino o tocachino; por cualquier quebrada, río, laguna, cerro, granja, cocal, bosque selvático, meseta o por el pie de algún pico nevado; a veces avanzaba en silencio y en algunas ocasiones iba silbando huainitos o tonadas de carnaval.

Era un incansable caminante y gran vendedor, igual podía tener ollas de barro, sombreros, coquetos llanques de caucho para las damas, telas, zapatos punta de acero, ropa, canastas, mates burilados, alforjas y alfombras hechas a mano, o tutumas, achiote, ajíes, plantas medicinales, semillas de plátano, sal de piedra, café y coca que traía de la montaña.

-- Este ají se llama «pinchito de mono»-- le dijo doña Primi a Eulogia, causándole gran risa a la muchacha--. Aura van probar cholos si pica, si es rico, prepáralo.

-- Les va gustar ña Primi-- comentó el arriero--. Cortadito en trocitos, con agüita, sal y su limoncito, el «pipi de mono» es bastante agradable.

Las niñas menores sonreían al escuchar el nombre del diminuto ají que todos repetían en forma de broma. A los pocos minutos el ají de la selva estaba en dos platillos sobre la mesa. Luego aparecieron en el centro, equidistantes entre sí, los platos con yucas y después, delante de cada uno de los sentados, el plato especial de doña Primi, la sopa de habas: una suculenta preparación que consistía en un caldo de carne roja con dos puñados de habas, un puñado de papa seca molida y un aderezo de genuina creación de la dama del temple; justamente, la receta del aderezo era secreta, se corrió la voz que utilizaba una cucharadita de aceite de oliva, también especies saborizanets y aromáticas traídas de tierras lejanas; la verdad, se veía como una simple sopa donde nadaban unas cuantas habas, pero una vez que se llevaba una cucharada a la boca el sabor satisfacía al más exigente paladar. La sopa de habas era una exquisitez celebrada por cuanto forastero pasaba por Mamahuaje y esa noche un premio para don Moshe, quien había traído de la selva varias clases de semillas de plátano para que doña Primi siembre en su huerta.

Don Moshe era muy buen conversador, un hombre que caía simpático; tenía el rostro bronceado, la risa fácil, los brazos fuertes y los dedos ásperos. Viéndole los bíceps abultados y la camisa apretada, pareciéndole que estaba a punto de perder un botón de la pechera, en algún momento Christian lo relacionó con el personaje de una serie de televisión que rompía sus ropas al transformarse en el superhéroe Hulk, el hombre increíble. Juaneco tuvo otra impresión que lo alejó de Mamahuaje: al mirar sus movimientos de manos y escuchar de sus hazañas, creía estar viendo y oyendo a don Lure, el contador de fantásticas historias en Gochachilca, pero luego se conectaba otra vez con el relato de quien estaba sentado a su costado.

-- Quiero ser arriero-- dijo de pronto Casimiro, el huaganino, levantando las cejas--; quiero conocer muchos pueblos.

-- Yo quiero construir casas y tener una huerta grande-- dijo Juaneco. Él admiraba las casas de tapial que hacían sus tíos en Gochachilca (Huacrachuco, Marañón) y le gustaba el trabajo en la chacra.

-- Yo quiero ser camionero-- intervino el costeñito Christian--; quiero traer conservas, galletas, toda mercadería en mi camión-- añadió. Grizel lo imaginó alto y guapo, ya lo veía llegando con su camión.

El legendario caminante palmeó el hombro de Juaneco y miró con enorme alegría a todos en la cocina.

--Cuente de los monos don Moshe-- pidió Eulogia--. Y de los loros, y de los chanchos del monte --agregó.

--Los monos son traviesos, tiran cocos a la gente. En el monte están por manadas trepados en árboles, por aire nomás van de árbol en árbol agarrándose de  bejucos (cuerdas vegetales) o balanceándose por encima río, sin tocar  agua, colgados de su cola en alguna rama. Y el chancho de la selva lo llaman sajino o tapir, y es diferente al chancho de por acá, tiene el hocico más largo; alguna vez traeré carne de tapir pa que pruebe ña Primi.

--Traiga también un loro hablador-- dijo con ternura Grizel--; los de la Cueva de los Loros solo chillan. Mi papá dice que de la selva traen loros que hablan.

-- En Uchiza un chacrero tiene loro hablador en su casa-- contestó el fornido hombre de los mil y un caminos--. Dice que le trayeron de Pucallpa. De esos habladores abundan en Loreto, ya encargao me traiguen,  voy venderlo  a un ingeniero de Tayabamba. 

En cierta forma, don Moshe era un permanente explorador y redescubridor de antiguos senderos. Narraba con detalles su incursión por la ruta de El Mono hacia Ongón y de allí hasta el río Huallaga, siguiendo el antiguo camino de penetración hacia la selva abierto hace más de cien años por el comerciante Matías Herrada Flores al mando de 50 braceros. Alguna vez fue por el camino por donde huyeron los montoneros de Antonio Prado, que en Huacrachuco habían violado mujeres, asesinado al gobernador Ricardo Arellano y tenían la intención de hacer lo mismo en Huancaspata; dichos bandidos -- según la muy conocida historia ocurrida en 1884, recogida en libros y que todavía se cuenta,  los huancaspatinos liderados por el hacendado Santos Lafitte  defendieron bravíamente su pueblo y obligaron a huir a los bandoleros con un Prado herido de bala-- fueron  repelidos, perseguidos por las punas y finalmente, gracias a  la valentía de los huacrachuquinos y huancaspatinos que se unieron como hijos de pueblos hermanos contra el enemigo común, terminaron  emboscados  en la hoyada de Huaracuy, cerca a  la laguna de Ucucocha, por la zona del nevado  Acotambo, sin que quede ningún montonero vivo. Asimismo, había transitado el Camino Inca, tramo desde la ciudadela preinca de Tinyash hasta Huamachuco, cuando tuvo que llevar un pedido especial de mercadería para un amigo que vivía en Pías, al norte de Parcoy.

Los niños, las niñas, la mamá Primi y la dupla Edelín-Buñi lo escuchaban con suma atención, asombrándose continuamente, viajando mentalmente por momentos, haciendo coro a las risas espontáneas que aderezaban el relato. Exceptuando a Juaneco, los menores jamás hasta esa noche habían escuchado nombres tan raros como Shapaja, Pólvora, Shunté, Ishpingo, entre muchísimos otros. Las fascinantes historias de don Moshe acercaban a los niños a una diversidad increíble de sitios y caminos tan lejanos. 

-- ¿Y no se ha topao con el pishtaco?-- preguntó nerviosa René, aprovechando una pausa que hizo don Moshe.

-- Hasta ahora no, pequeña. En muchos sitios la gente dice hay pishtacos, tienen miedo de viajar de noche. Yo no. Hey sabiu que de mí dicen que soy pishtaco, no sé por qué. Tal vez por mi poncho pa agua que es obscuro, me pongo cuando llueve y nadie ve mi cara, porque voy bien tapao, a caballo y solo por esos caminos de la altura.

Había cruzado infinidad de ríos y conocía innumerables caminos y sus atajos. Siempre estaba en ruta, con sus acémilas o como un solitario viajero a caballo, o completamente solo y a pie, con el firme sombrero tipo vaquero, su alforja y su fiel acompañante: una radio a pilas, de esas portátiles con estuche de cuero y correíta, donde sintonizaba Radio Unión o cualquier emisora que pasara los huainitos del Jilguero del Huascarán, Pastorita Huaracina o de la cantante huacrachuquina Faustina Caldas.

Viajaba de Piso a Huaychao, de allí a Potrero, cruzaba -- aminorando la carga de sus acémilas y jalándolas una por una-- el río Marañón por el puente colgante de Huascarbamba y ya estaba en Parobamba, de donde salían carros para Lima. Igual, iba de Huacrachuco a Pueblo Viejo, desaparecía por el peligroso bosque de Ututo, seguía a San Pedro de Chonta, Ajenjo, Oso, San Antonio y ya estaba en Uchiza; o partía de su natal Pueblo Libre, en Huancaspata, atravesaba el territorio de Huanchay, la puna Desengaño, Mamaj, Tambo de Paja, Shunté y ya estaba en Tocache.

-- ¡Asu!. Señor, ¿no se cansa?-- preguntó Christian, imaginando los largos caminos y los muchos pueblos y ríos que mencionaba el arriero.

-- Estoy acostumbrao. Avanzo conforme al paso de mi caballo, de mis burros o mulas. Cuando me canso, descanso. En los pueblos muchos me invitan a quedar. Algunas chinas me quieren seguir, venirse a mi pueblito, arriba, a Pueblo Libre, jajaja, creen que no tengo mujer, jajaja-- contestó don Moshe.

--¡Oosuu! ¡Chinas lostán esperando!-- comentó Casimiro, el niño que se había sentado a la mesa pero no se había quitado el sombrero. La cocina, iluminada por linternas portátiles a kerosene y por los leños encendidos del fogón, se llenó de risas.


Doña primi ordenó a la joven Eulogia que le lleve sopa a la enferma y a su esposo. Casi al mismo tiempo se retiraron de la cocina, primero don Edelín y luego don Buñi, en silencio, como para no interrumpir la conversación. El arriero seguía impresionando a los niños, les hablaba de los temples patacinos de Pallar, Huaylillas y Chagual, que tenían el clima parecido al de Mamahuaje. Ellos le preguntaban de otros sitios que conocía y él les daba nombres de los pueblitos que estaban por Tayabamba, Urpay, Taurija, Challas, etc.; asimismo, les mentaba los nombres de los principales pueblos andinos de Ancash, como Quiches, Sihuas, Parobamba, Pomabamba y Piscobamba; preguntado por sus ventas en el territorio huanuqueño, les contestaba que hacía llegar sus productos a los pintorescos pueblos y caseríos pertenecientes a Huacrachuco, Huacaybamba, Ninabamba y Cholón, y que recorría la selva sin extraviarse, aunque se borraran los caminos. Sobre el río Anchic les dijo que siguiendo su curso había llegado hasta su origen: nacía en un manantial llamado Yacuñahuin. Les hizo saber del robusto ganado y las solicitadas maderas del distrito de Ongón, de las minas de oro de Parcoy, de un viejo camino que va por la quebrada del río Mixollo hasta Puerto Pizana, en San Martín. Les contó de la antigua ruta de la sal de montaña y que hasta se había bañado en las aguas de algunas cascadas del río Cachiyacu (agua salada).

-- La sal se sacaba pa la sierra de las minas  del río Huallaga, por muchos caminos-- afrimaba el arriero--; de Uchiza salía en fletes por San Pedro y llegaba pa Huacrachuco; de Tocache salía por Crisnejas hasta Mamaj, de allí partían dos caminos: uno iba por el pueblo de Utcubamba hasta Tayabamba y el otro pasaba por puna Desengaño y llegaba pa Huancaspata.

-- Cargueros y fletes salían de selva, trayendo arrobas de sal y coca-- aseveró también doña Primi--; la sal de piedra usábamos en cocina todo el tiempo antes, traían blanca o colorao, era buscadito por ganaderos para dar de lamer sus vacas y toros en puna.

-- Así es, ña Primi. Cuando era niño he visto pasar por Huancaspata esos cargueros con pretina  y una fila de fletes-- refirió don Moshe, acordándose.

-- Varios días caminaban. De dónde será traían-- dijo la ama y señora de Mamahuaje.

-- ¡Yo llegao  ña Primi a la mina de sal del Cachiyacu!. Está pasando Uchiza, del río Huallaga arribita, hay una quebrada, en la ribera del río que llaman Cachiyacu de Santa Ana, en Shapaja. ¡Ahí hay montañas de sal!-- manifestó jubiloso el viajero--. Me  entrao río arriba por el Cachiyacu y hey visto varias cascadas, me bañao en una que llaman Cortina, porque parece una cortina de agua, debe medir como 40 metros de ancho, y hey llegao a la más hermosa catarata que lo llaman Bélgica o Catarata de los Jardines, vaya que me quedao impresionao  de su lindura: tiene dos niveles, medirá como cien metros de caída de agua-- agregó enseguida.

Fue entonces, cuando ya todos terminaban de cenar, que llegó el padre de Christian. «Buenas noches con todos», dijo. En su momento, don Moshe se puso de pie para darle la mano al ingeniero Galarzé, presentándose como acostumbraba: «Moisés Peña, para servirlo». «Mucho gusto hombre, Armando Galarzé», respondió, apretando la fuerte mano del arriero. Las niñas se alejaron de la mesa, en tanto Juaneco y Casimiro permanecieron sentados. Doña Primi, con el pequeño Óliver dormido sobre sus piernas, le hizo una señal a Eulogia para que le sirviera la sabrosa sopa de habas al último comensal; luego, discretamente dejó la mesa. 


Don Moshe y Galarzé hablaron escuetamente del estado de la carretera, del próximo destino de cada uno y así, temas serios. No obstante, la charla se puso muy interesante cuando el arriero mencionó a los «cumpas» (apelativo con el que los pobladores selváticos conocían a los guerrilleros, porque estos se trataban de 'compañero'), también llamados «tucos» (porque andaban de noche). El asunto del grupo armado que se desplazaba por los territorios de Uchiza y Tocache le interesaba y preocupaba un poco al ingeniero, pues tenía información que su objetivo era hacer la guerra al Estado.

-- Andan uniformaos y armaos con fusiles, por monte adentro. Salen a los pueblos y hablan a la gente de unirse a la lucha dellos, andan concientizando dicen-- le refería el arriero.

-- Deben ser peligrosos, cuidese amigo, usted que anda por esas selvas-- le recomendaba Galarzé--. Está deliciosa la sopa y el ajicito, eh.

Los niños los dejaron solos, ya que estaban perdidos en los temas de política y narcotráfico. Entre menciones al «toco toco» (helicóptero), pozos de maceración de droga y campesinos convertidos en traqueteros, ambos adultos continuaron departiendo amenamente un rato más, hasta que el ingeniero terminó de cenar. Para esto, Eulogia y las niñas menores terminaban ya de lavar las ollas, los platos y cubiertos. Y doña Primi estaba en el cuarto de curaciones atendiendo a la señora enferma, mascando su coca para saber qué mal podía tener; ella confiaba en su coqueada, decía que la coca le contaba, le avisaba de envidias, del mal del campo, de la brujería, del susto, del dolor interno, y entonces ya podía preparar el remedio con las hierbas apropiadas. 

La oscura noche y el fuerte llamado del sueño provocó que todos se fueran despidiendo al paso de doña Primi, quien acostumbraba quedarse con sus pacientes hasta muy tarde. 

A la mañana siguiente, tempranito, solo estaba en el patio el gringuito Óliver, jugando al chofer con un carrito de piedra. El arriero había madrugado.


(...)

[*] Continuación del relato  «Acerca del fruto del deseo y un misterio»