jueves, 2 de abril de 2015


PONTO LAJA 

Cuento (*)

Hace siglos, había en el paraje conocido como Ponto (1) un pueblo floreciente. Sus hermosas casas, pertenecientes a prósperos hacendados de la región, se situaban al centro de una extensa y fértil pampa. 

Allí, todos poseían riquezas en oro y plata, tres veces al día sus sirvientes les preparaban verdaderos banquetes donde no faltaban los exquisitos quesos, choclos, panes, vino y chicha de jora, abundante carne y frutas. Convivían pacíficamente, pero en el fondo había entre ellos una rivalidad tácita y eran egoístas, sobre todo con los pobres que vivían en las zonas aledañas al poblado.

Cierta vez, aprovechando que en Ponto se había organizado una fiesta para celebrar la buena cosecha que habían tenido, el Señor de los Cielos bajó a la Tierra, para verificar en persona todo aquello que veía desde arriba.

Tomó la forma de un anciano de baja estatura, mestizo, de cabello cano e hirsuto, crecida barba; llevaba un deforme y viejo sombrerito con el borde roto, vestía ropas remendadas y andaba despacio, apoyándose en un bastón que no era sino un palo de chonta. Se veía muy pobre, pero en su rostro humilde se reflejaba la bondad y tenía en los ojos una extraña luminosidad.

Apareció por el camino grande, una mañana de sol radiante. Cuando de lejos divisó el pueblo de Ponto, el sexagenario decidió visitar primero a los pobres que habitaban en los alrededores. Ellos no tenían dinero y los pocos alimentos de la cosecha anual ya se les estaba terminando.

Se presentaba saludando amablemente y luego pedía que le obsequiaran algo de comer. Algunos que lo escuchaban sentían un poquito de pena por él, pero al no poder ayudarlo terminaban diciéndole que volviera a la hora de la merienda; no faltó alguien que, abrumado por sus propias carencias, escondiendo la mirada, lo escuchó sin oírlo; ninguno le dio ni siquiera una papita sancochada o un poquito de cancha, es que nada les sobraba. El Señor los comprendió, porque la pobreza los hacía racionar sus alimentos, guardarlos con mucho celo, y también sabía que se las ingeniaban para sobrevivir con lo poco que tenían.

Había caminado más de dos horas y tenía hambre como cualquier ser humano, pero en todos lados nadie pudo darle nada. Hasta que llegó a la casita de una mujer que vivía prácticamente en la miseria; su marido había muerto y sus dos pequeños hijos estaban desnutridos igual que ella.
--¡Allawchi!.¡Hamupay taytaku! (¡Pobrecito!¡Venga abuelito!), tantu calor quiasi, ¿di ónde pué estaraste veniendo?-- le dijo la humilde mujer apenas lo vio aparecer--.Paseste, discansaremo in sombrita.

Luego de tomar un sorbo del agua que un pequeñín le alcanzó en una tutuma, el anciano contó que venía de un pueblo de Ancash y quería ir a la selva a traer un poco de coca.

--¡Allawchi...!-- repitió --. Ojalá tuvira sopita, siquera maicito pa tostar pa su fiyambre desté, peru naíta mi queda, ayer barriu toíto y noy hallau ná. Ni plata tingo pa comprar in pueblo.

El lamento llegó como un grito lastimero a oídos del Señor, pero también como señal de una bondad espontánea y sin medida. Entonces comenzó a realizar su obra.

--Mireste tu hijita, cumo rasca su cabeza, tenerá liendres, espúlgala pué.

La madre obedeció y no tardó en desprender de los cabellos de la niña un gordo piojo que se dispuso a matar de inmediato.

--Avesh mamita-- la detuvo--, muéstramelo el piojo en tu palma, pa ver qué tanto grandi esh.

Ella lo hizo sonriendo y él tiernamente tomó su mano por debajo, diciéndole:

-- Ciérralo tu puño lintamente y manténgalo así, con firmiza.


A los pocos segundos, el puño se abrió por sí solo, entre los dedos brotaron relucientes monedas de oro y plata, eran tantas que muchas cayeron al piso. La mujer lloró de emoción y abrazando a sus pequeños se arrodilló ante el viejito milagroso.

--Cumuna dishtas monedas que vayen niños a cumprar comida-- sugirió.

--Simpre nos nigan, aura cum plata nusi harán rogar, vayen hijitos trayer papa, siquera chuclito, di pueblo. Peru no van contar di tayta luqui aymos visto-- ordenó la madre, dándole una ollita de barro al varoncito que no tenía más de nueve años.

Después el Señor expresó:

-- Dices que no tinesh granos, ¡irás tu terrao (terraza) y trayerás lu que encuentras, busca rincón pur rincón!.

Un tanto confundida, ella fue a buscar lo que estaba segura no tenía en los altos de la casa. Para su sorpresa, encontró algunos granos de varias especies y, con la alegría dibujada en su rostro humilde, se los llevó al buen anciano.

-- Vistesh cumsi había-- manifestó sonriendo. Sacó de su bolsillo una panquita y mandó a la madre nuevamente a la terraza--: Aura irás amarrar esti grano de maíz cumsu panquita in la soga ondi colgabas mazorcas. Y estus otros granitos vashte poner, uno, uno numás in cada dipósito. Cerrao puirta vas dijar, vintanitas ditrás tambín, y recín cuando me vaye labres, nu antes.

En instantes que la madre volvía a reunirse con el noble viejito, los niños llegaban a la vivienda muy tristes, casi llorando.

-- Toítos cocinao pa fiesta grandis ollas de moti, papas, sangu y sopa con tronchas di carni. Naides aceptau monera, naides nus queriu vender-- contó el varoncito.

-- Di ónde haberán robau ese plata nus luan dicho-- agregó la niña.

El Señor los atrajo hacia su pecho y como los viera derramar algunas lágrimas, se propuso alegrarlos:         

-- ¿Quererán comer carnicita cum papa, cum cancha?...Puentonci entrin cuarto y atrápinlo un cuycito.

-- Si no tenimu cuys-- se apuró en replicar el varoncito.

--Entrin niños, atrápinlo, yo loy visto, entrin ver sies verdá-- insistió alegremente el bienaventurado.

Y sucedió que apenas los hermanitos abrieron la puerta del cuarto, descubrieron decenas de cuyes que se desplazaban velozmente por el piso. Con asombro semejante vieron en un rincón varios costales llenos de papa y más allá unos enormes mates con maíz desgranado.

Observándolos contentos a la madre y sus criaturas, el todopoderoso consideró completa su obra y se despidió de ellos, recibiendo besos y caricias; las palabras no fueron necesarias en ese momento de dicha. Se marchó por el camino que conducía al pueblo de Ponto.

Al rato de haberlo perdido de vista, el varoncito de la casa exclamó jubiloso:

--¡Mamá, il terrao, il terrao, llino granos tá!.

La madre juntó sus manos por instinto y mirando al cielo recordó con cariño al anciano y su recomendación final: «Sen buenos y justos, haguen bien a utros y van compartir todo lo qui tinen, pa que nunca lis falte ná y sen felices».

--Así sirá taytay (padre mío). Así sirá Diosito, así sirá-- pronunció en voz baja, cerrando los ojos.

Los pequeños corrieron a abrazarla y juntos manifestaron con amor :

-- ¡Gracias Diosito! ¡Gracias taytay lindo!.    

El Señor los oyó complacido y vigorizó su avance. Resistiéndose a creer que el egoísmo reinaba en Ponto y deseando encontrar entre aquella gente rica a más de un hombre bondadoso, sencillo y justo, tomó la calle principal del pueblo. Los que transitaban lo miraban mal y algunos sólo de reojo; procuraban no acercársele, porque lo consideraban un pordiosero que no merecía la menor atención, sino sólo la indiferencia y desprecio por haber caído a esa condición.

A su paso los niños corrían asustados y las puertas que estaban abiertas se cerraban bruscamente. El Señor sintió una profunda pena, pero su amor por ellos lo impulsó a ir de casa en casa pidiendo algo de comer.

De casualidad halló semi abierto el portón de la casa del hacendado más rico. Adentro el ambiente era de fiesta: tomaban chicha, reían y hablaban de sus riquezas, mientras les servían la merienda, a las cinco de la tarde. Pero cuando vieron al pobre anciano se escandalizaron tanto, que la dueña se apresuró en ir a echarlo.

Molesta cerró la gran puerta y lo regañó:

--¡Qué quiéres!¡Acá no hay nada pa ti!¡Vete, vete, traes mala suerte!.

Tras escuchar esto, el todopoderoso se atrevió todavía a rogar:

--Si tinesh bastanti comida pa tu genti, siñora linda, demeste puquito a mí tambín.

--¡No, no! ¡Comida no tengo pa ti, prefiero dar a mis animales!¡Vete, vete, acá nada te vamos dar!--, le contestó agriamente.

Cabizbajo se dirigió a otra vivienda, a la vuelta de la esquina, en tanto la mujer de tez blanca, alegre volvió a abrir el portón, dándose con la tremenda sorpresa que adentro todos los comensales se habían convertido en puercos de distintos colores. Presa de la desesperación por verlos con el hocico en la suculenta comida, botó a todos los chanchos fuera de su casa, maldiciendo:

--¡Váyanse de acá, fuera, no los quiero aquí!.

Habiéndose quedado completamente sola, empezó a deambular profiriendo incoherencias y buscando agua sucia para «lavarse» las manos repetidas veces.

Ya ajeno al destino de la desdichada mujer, el Señor continuó pidiendo alimento. Nadie le hacía caso, unos le echaban los perros, todos le negaron el pan. Y tuvo que irse de Ponto sin haber conseguido de nadie ni una palabra de solidaridad, ni una señal de humanidad.

Se fue, cuesta arriba, por un zigzagueante camino. Al llegar a la colina más alta, afirmado en su bordón miró un instante el pueblo, triste volvió la cara y siguió alejándose con el paso cansino. Desapareció con la oscuridad de la noche.

Más tarde, nubes negras se juntaron en el cielo sobre Ponto y comenzó la mangada, acompañada de truenos y relámpagos; cayeron rayos que partieron varias casas y la tierra tembló horrorosamente. Un sonido ensordecedor precedió el final: miles de piedras, con espeso lodo, se precipitaron desde las alturas, sepultando por completo lo que alguna vez fue el pueblo de Ponto.

Milagrosamente, algunas precarias viviendas de los pobres se mantuvieron en pie. Menos de diez personas sobrevivieron al desastre y pudieron contar lo ocurrido a sus descendientes.


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(*) Recreación del relato proporcionado por la señora Gudelia Malqui López, natural de Gochachilca (Huacrachuco, Marañón, Huánuco). A ella le contó esta historia su madre Balvina López Herrera, quien a su vez la había aprendido de su prima Ángela Herrera Sifuentes, a quien se la transmitió su madre doña María Sifuentes-- una de las primeras pobladoras de Ponto, junto a su hermana Timotea --, a comienzos del siglo XX.

(1) Ponto es un barrio de la parte alta de Gochachilca, a 1.5 kilómetros de la ciudad de Huacrachuco (Marañón, Huánuco). La zona del desastre a la que se hace referencia en el cuento está en la cabecera del villorrio y al pie de Ponto Laja. Aún en los tiempos actuales, cada vez que llueve, caen piedras del cerro. Gran parte de Ponto está cubierto de piedras, el resto se aprovecha para la agricultura.