lunes, 10 de diciembre de 2012

IDENTIDAD

  
El niño que elevé al resplandor de la Luna
ha vuelto convertido en un prohombre.
Un dìa se fue cargando clandestino
sus esperanzas.
 Hoy lo veo compartiendo sus cosechas.
Recuerdo que fue lenta
su carrera por debajo del metro y medio.
 Con què prisa fue parando
la cresta encima de los gallos,
clavando las espinas a la zarza,
revolviendo el agua de los mares.
Cuàntas veces lo perdì de vista entre los libros,
tantas veces en que vivìa un minuto y morìa horas.
 
 

 En vuelo de còndor llegò a la cima.
Vio que los sueños podìan moldearse
a semejanza de los conceptos de caballeros andantes,
a pura energìa de los hipotàlamos.
La alegrìa estaba suelta en sus dominios,
sueltos los colores y las formas en su espacio,
pocos oìdos accedìan al vaivèn de los sonidos.
Entre reyes plàsticos, era infeliz.
 Una hora vacìa de un dìa no escogido resolviò volver.
Pudo hacerse un castillo para doscientos años.
Contra todas las lenguas
decidiò enraizar en otro suelo,
labrar su destino con cuchillos de piedra...
Cimentar la uniòn, ahora, con los suyos.





El hombre y su bonanza cambiaron de coordenadas,
los siguiò el escàndalo a paso de elefantes.
Quisieron atajar al general,
emboscarlo con odaliscas.
El rescatò la victoria para la gloria de su tropa.
Los consorcios no pudieron rasgar sus ilusiones,
los autos largos se estacionaron en sus ojos.
Les deseò buena suerte, a todos: los abandonò.
Ajustò la mano del ùltimo hombre,
marchò erecto hacia su libertad.




miércoles, 28 de noviembre de 2012

Aventura en la morada de los gentiles

YO  DORMI  CON  UNA  CHICA  ENCANTADA
Cuento
 I  
     Amaneció abrazado a un esqueleto. Inmovilizado por el miedo y la oscuridad del lugar ni se movió durante horas; en la creencia de estar soñando, realizó pausados esfuerzos para dormir dentro del mal sueño, pero al volver a abrir los ojos siempre estaba abrazado al blanquecino esqueleto.
     Supo que era pleno día por unos rayitos de luz que se filtraban del exterior, trazando líneas ocres en la caverna. Recordaba la intensa noche de amor que tuvo, al parecer, en el mismo espacio y sobre los mismos mantos polícromos donde se encontraba acostado. Por la larga cabellera que podía tocar, supuso lo evidente y no lo podía creer.
     Confundido, quieto y triste, pensó que tal vez moriría allí, porque sentía que el esqueleto de mujer lo tenía fuertemente aprisionado. Estaba sumamente preocupado por sus mulas y la importante carga de envíos. Repasó penas y legrías, su niñez pasteando puercos y ovejas, su adolescencia en la escuela donde aprendió a leer y escribir, su temprana vida conyugal, los avatares de su misión de postillón y la fresca aventura con la más preciosa criatura que haya visto jamás. Justamente, una extraña recomendación de este nuevo amor venía a su pensamiento: «No duirmas con tu mujer; voy saber, si te acuistas con illa no mi volvirás ver». Realmente se había enamorado de la recién conocida, se dio cuenta que ella superaba en dulzura, belleza y capacidad amatoria a su esposa; quizás, inconscientemente, no quiso dejarla y por eso durmió más de la cuenta. «Su voz suena como canción. No sabe bien castellano, igualita mi mujer. Azucena es hacendosa, hogareña, amorosa y qué rico cocina; mi mujer no la iguala», pensaba. Pero la realidad le indicaba que su futuro era incierto.
     Innumerables imágenes pasaron de largo por su mente, los sucesos vividos le atravesaban a menudo el corazón. Así, en medio de tristes reflexiones, llegó el momento en que pensó liberarse, sin importarle la integridad de la mujer que fue suya dos veces en la noche. Ya tenía decidido tirar los huesos a un lado, cuando escuchó el tierno balido de un corderito que fue alejándose al igual que la voz musical de la camaya ( pastora ); entonces nada hizo. Al restablecerse el silencio total, se dio cuenta que las líneas ocres habían desaparecido y otras ideas, todas enraizadas en el misterio, llenaron los espacios de su mente. Heroicamente había permanecido todo el día acostado en la misma posición, pero presentía que la noche caería sobre él como el manto de la muerte.
     Al convertirse el oscuro en negro total, al no ver ni siquiera sus propias manos, trató vanamente de liberarse con bruscos movimientos, pero el esqueleto pesaba demasiado y lo tenía más aprisionado que antes. Cansado y resignado a su suerte, sólo atinó a cerrar los ojos, con el único deseo de quedarse profundamente dormido.Ya todo estaba reflexionado, condicionado y aceptado: Joshé se consideraba muerto.
     — ¿No ti fuiste?. Yo impujé pa dispertarte y tú quidaste— dijo la hermosa Azucena—. ¡Tuil día dormiste!. 
     — ¿Qué dices?— respondió sorprendido—. Tuve mal sueño, no sé qué pasó.
     — Durmilón iras, cholo, vas cambiar si me queres — contestó ella riéndose —. Cariñandu ti voy cambiar— agregó, rozándole el rostro con una de sus trenzas impregnadas del olor de flores silvestres.
     Se besaron y las manos de ambos invadieron sin pudor la piel acalorada de los torsos. De pronto ella se soltó de sus labios y, sintiéndose algo pecadora, se apuró en abrocharse la camisola y el bordado saquito rojo de bayeta.
     —Livanta, anda amarrarás bistias.Mirmanito pastió y arriao numás pacá. Tus quipis ( bultos ) no loy visto— le susurró rápidamente, antes de salir del dormitorio y entrar en la cocina que estaba al frente; en la tullpa (fogón) ya hervían las papas en olla grande.
     La voz gruesa del patriarca de la familia se escuchaba cada vez más cerca de la pirca que rodeaba el conjunto habitacional. En unos minutos llegaba por la entrada principal, con una enorme carga de leña a la espalda, arreando dos burros que traían alimentos de las partes bajas ( maíz, choclo, trigo, frejoles y frutas del valle ); la esposa no tardó en aparecer a su lado.
     — Apura, tayta no quere ociosos— insistió Azucena—. Anuche dejao dormir, porqui dicho qui te quero, aura no sé.
     Joshé dejó el poncho verde en el poyo de maguey y tomando sólo su sombrero de paño beis salió sigilosamente del dormitorio de la chica a ver cómo estaban sus dos mulas y dónde, a toda prisa, por el aguacero, había ocultado su montura, las cinchas, las alforjas con las cartas de correo y la carga de encomiendas. Sólo recordaba que puso todo en el seno que formaban unas rocas inclinadas, quedando encima su azulino poncho de agua. Todavía tenía muy presente el terror que sintió horas antes, pero no podía comprender cómo el horrendo esqueleto pudo encarnarse en su bella Azucena; anduvo desconcertado sólo por un rato, ya que invadieron su pensamiento imágenes de ella girando a su alrededor cual mariposa, engriéndolo, alegrándolo, robándole besos y entregándole su cuerpo blanco, perfecto y ágil de veinte años.
     Mientras comprobaba que su carga estaba intacta y las mulas descansadas, la luna fue desapareciendo detrás de cerros lejanos. Por su experiencia de viajero y conocimiento del movimiento lunar, calculó que pronto sería las ocho de la noche.
— Venti ya cunmigo, k’acha, ñuqap waylluq wayna, misk’i (lindo, galán mío, dulce)— lo tomó del brazo y se dio vuelta, coquetamente, hasta quedar a merced de su mirada, las mejillas movedizas y sus ansiosos labios.
     Controlando su amor apasionado, los enamorados regresaron contentos a la casa de muros de piedra, vigas de aliso y techo de ichu. En la puerta, una mirada de la madre hizo que se separaran. El la saludó sacándose el sombrero.
     —¡Hamuy, hamuy, sumaq pasaycamuy!(¡Venga,venga, bienvenido lindo!)— le dijo la madre, invitándolo a pasar a la cocina-comedor. Un niño de seis años lo miró con sigilo desde su asiento junto al fuego.
     Las mujeres pusieron en la mesa — un tablón ancho asentado en bloques de piedra — dos mates grandes con choclos y papas, un platito con ají y otro con limón fresco, luego sirvieron para todos sopa de tacapi ( trigo molido en batán ) y un guiso con costillas de carnero. Los hombres reubicaron su poyo de maguey y comieron en la mesa, en tanto las mujeres se sentaron en lajas cerca de la tullpa y del menorcito, como era su costumbre a la hora de comer.
     Conversaron de todo, en castellano y en quechua, hasta bromearon invitándolo a quedarse ya, de una vez, a vivir con ellos. «China lostaba mirando timpo», «No querió otro cholo», «Warmichakuy tayta» ( tómela como su mujer, señor ), «Azucha va ser buina esposa», le decían graciosamente los viejos. El los mantuvo entretenidos con sus anécdotas de viaje, llevándolos a menudo de la alegría natural a las resonantes carcajadas. Les había caído muy bien.
 
II
 
     De la cocina salieron como a las once de la noche, alumbrándose con faroles portátiles a kerosene. El padre entró primero al dormitorio, llevando en brazos a su pequeño hijo que se había dormido ni bien terminó de comer. La madre apartó un momento a su hija para susurrarle algo al oído, luego los dejó solos, expresándoles de manera complaciente: «¡Allin tuta!» ( ¡buenas noches! ). Entonces, Joshé abrazó a la cariñosa Azucena e inició el juego sensual, recorriendo con besitos la piel tersa de su cuello; así, acaramelados, ingresaron al cuarto conocido, donde se amaron apasionadamente una y otra vez, sobre pellejos de carnero y bonitos mantos, con figuras y colores diferentes a los que vio la noche anterior. 
     -- Sumaq wayna, ¡rikcharipay!, ¡sayariy! ( Joven hermoso, ¡despierta!,¡pàrate! ) -- le dijo moviéndolo, un tanto asustada --. Caminandu tan tayta, mama, salemos aura nuestro puiblo, por utro lao tá, tenimos ayá familia, chacritas, otro casa.
     -- ¡Los acompaño!-- se animó Joshé.
     -- Ondi vamos no puides ir. Tines quir con correyo, espirando van istar.
     -- Oscuro está, no he completado mi sueño--se acurrucó de nuevo, haciéndose el chistoso.
     -- ¡Puñuysapa! ( ¡Dormilón! )-- le siguió la broma ella--. No ti quero-- agregó parándose , escondiendo el rostro y aguantando la risa.
     -- Princesa, amorcito mío-- reaccionó él incorporándose, tomándola de la cintura y atrapándola de inmediato en un largo beso.
     -- Pronto volvirás, lindo. Espirándote voy istar. Ya sabis: no duirmas con tu mujer; voy saber, si te acuistas con illa no mi volvirás ver-- le repitió lo que ya le había dicho también la noche anterior, apenas él le contó que era casado.
     -- Te lo prometo-- le susurró al oído. Ella, sin que lo notara, puso en uno de sus bolsillos tres monedas de oro envueltas en un pañuelo blanco.
     -- ¡Vuelvi pronto, sumaq wayna!-- se despidió la madre. El le dio un beso en la mejilla y correspondió al fuerte abrazo de la señora.
     -- ¡Visita simpre, tayta!-- le apretó la mano el padre, siendo secundado por su hijito que se despidió de igual manera. Un momento después, sin mediar orden de sus dueños, se pusieron en marcha los dos burritos que sólo llevaban como carga las caronas y cinchas.
     -- No ti quedes, cuando clariya nuay puirta, todo cirrao queda-- le recomendó Azucena, antes de alejarse con su familia por el camino que se abría a través de un campo de flores silvestres. El retrocedió mentalmente, proyectó sus miedos y confirmó entonces que lo del día anterior no fue un mal sueño.
     Joshé se quedó solo detrás de la pirca. Miró al cielo todavía estrellado y pronto dio el necesario paso atrás. Guardó los faroles en la cocina y luego volvió al pequeño patio alumbrándose con su linterna de mano. Con nostalgia hizo un último recorrido visual por el conjunto de habitaciones formidablemente construidas: las paredes circulares medían por lo menos tres metros de altura y eran de fino acabado; habían usado piedras rectangulares cortadas a medida, de espesor no mayor a medio palmo, unidas con argamasa; las medianas puertas de madera, rústicamente labradas, estaban encajadas en las aberturas de ángulos rectos, en cuya parte superior destacaba una ancha y gruesa laja horizontal de casi dos metros; los techos eran cónicos, cubiertos de abundante ichu seco; cada casita tenía dos ventanitas en la parte alta, a modo de ojos vigilantes. Viendo que las puertas de las tres habitaciones y del depósito estaban aseguradas con tiras de cuero, hizo un nudo similar en la de la cocina y emprendió la partida por el caminito más marcado sobre el ichu, llevando su alforja al hombro y el amor de Azucena guardado en su corazón.
 
     Ocho horas después arribó a Huacrachuco (Marañón, Huánuco), siendo recibido y seguido con entusiasmo por los niños y el ladrido incesante de los perros. Después de abrazar a su esposa, lo primero que hizo al llegar a casa fue ir al cuarto donde guardaba sus objetos personales, allí escondió las tres monedas de oro que ya imaginaba quien se las dio.
     Muchos lugareños lo visitaron esa misma tarde, pero la mayoría salió con las manos vacías; la alegría de algunos se esparció por la calle, motivando disímiles comentarios. El reparto más placentero lo haría al día siguiente, yendo a las estancias cercanas, donde vivían aquellos que ni esperaban noticias de sus familiares; en todos lados era muy bien tratado, no faltaba quien le invitara almuerzo, chicha de jora o le regalara un cuyecito. A los que vivían lejos les enviaba recados con algún pariente o viajero; a los que no conocía, indagando por el apellido familiar, los encontraba. Era un postillón ejemplar.
     -- Espuso mío, vamus ya dormir-- le dijo su mujer Catalina, mostrando el pecho desnudo y tocándose sensualmente el cabello suelto.
     -- Cansado estoy todavía, he tenido un viaje difícil -- contestó Joshé, tendiendo con normalidad su cama aparte, sin que le provoque iniciar juego erótico alguno.
     Después de los viajes él siempre se portaba como un reproductor incansable y casi no dormían. A ella le extrañó que esta vez no fuera igual, pero estaba acostumbrada a tener sexo sólo cuando él se lo pidiera, era un acuerdo tácito.
     Cada noche tenía que inventar un pretexto para no hacer el amor con su joven esposa. La primera semana logró evadir preguntas y anular toda tentación carnal, justificándose en su conocido deseo de no ser padre todavía y en la falta de hierbas anticonceptivas que le traían de la montaña. Después, optó por regresar bien bebido de las mingas o quedarse a dormir en casa de parientes; finalmente, decidió mentirle diciendo que se golpeó los genitales en el último viaje y por ello había perdido el deseo sexual. Catalina no necesitó más explicación para creerle.
     No rompió su promesa y tampoco contó a nadie que en un lugar de encantamiento conoció y se enamoró de una preciosa muchacha. Por ciertas nuevas motivaciones, la gente más allegada notó que estaba distinto. Se hizo más amigo del profesor de la escuela para conversar temas relacionados a la historia de los antepasados, interesándose en el Complejo de Tinyash (Pinra, Huacaybamba, Huánuco) y en otros restos arqueológicos que hay en las partes más altas de los cerros, llamados simplemente «casitas de gentiles» o «casitas de abuelo».
     Su creciente curiosidad lo llevó hasta una anciana huacrachuquina que tenía fama de saber bonitas historias antiguas; varias tardes seguidas la visitó, deleitándose sobre todo con sus cuentos de campanas y vírgenes aparecidas, de Dios que pide ayuda convertido en un mendigo, de ollas llenas de monedas de oro que salen a la superficie sólo por algunos minutos, de la pastorcita que pide ayuda para encontrar un corderito perdido, de la bella muchacha encantada que se le aparece a los caminantes y otras historias de misterio. Se sintió tocado por todos esos cuentos, pero no desistió en averiguar hasta los mínimos detalles. En cada sesión siempre había niños que se pasaban la voz para escuchar los emocionantes relatos; al final, el grupo quedaba contento y Joshé tan satisfecho que pasaba largo rato celebrando, agradeciendo y reverenciando a la septuagenaria por compartir gratamente su conocimiento.

III
 
     Entusiasmado llegó al día en que debía partir de nuevo a Parobamba (Pomabamba, Ancash). El intenso amor que sentía lo apuraba mucho más de lo acostumbrado, encontraba una cosa y le faltaba otra y otra más; no dejó de asegurarse de llevar en el bolsillo una de las monedas de oro que tan sutilmente le diera Azucena.
     Por las alturas del paraje conocido como Potrero estuvo al mediodía, atinando sólo a mirar con curiosidad el camino que, estaba seguro, conducía al lugar de encantamiento. Sabía que en el día no encontraría a su amada Azucena. Recordó que la tarde del aguacero, luego de poner a buen resguardo los aparejos y la carga de envíos, él se había quedado dormido de cansancio en un pequeño refugio natural del cerro, siendo despertado ya de noche por la melodiosa voz de ella: «Sumaq wayna. rikcharipay» (Hermoso joven, despierta). Qué mágico momento aquel en que la vio por primera vez y nació el amor entre ambos. «Paciencia Joshé, paciencia, a la vuelta será», se dijo.
     Ya al regresar de Parobamba, al cuarto día de viaje, estuvo en las alturas de Potrero casi cuando se ocultaba el sol. Sin dudarlo desvió las mulas, tomando la ruta que conduce al distante paraje de Quenua. Al rato desvió de nuevo las bestias y llegó al lugar de las grandes piedras, reconociendo de inmediato el espacio desde donde partió la vez anterior tras dejar el hogar de Azucena. Con rapidez descargó, dejó sueltas las bestias y, llevado por el ímpetu del amor, exploró todo el terreno. Nada encontró, detrás de las rocas sólo estaba el cerro y unos metros al otro lado del camino comenzaba la pendiente.
     Sólo tenía la esperanza que la fuerza del amor hiciera venir a la joven más tarde. Se ubicó en el mismo sitio del primer encuentro, encendió una fogata y se preparó una tisana de hierbas; no tenía hambre. La espera era angustiosa, ideaba cómo le daría la sorpresa, se alegraba pensando en los placenteros momentos que pasaría o se llenaba de tanta tristeza hasta sentir punzadas en el pecho.El sueño se encargó de vencer todos sus sentimientos encontrados.
     -- Sumaq wayna, rikcharipay ( Joven hermoso, despierta )-- le dijo suavemente ella, acariciándole el rostro.
     -- Amor mío, te extrañado tanto-- contestó él, abrazándola y llenándola de besos.
     -- Lindo cholito, te quero -- lo volvió a acariciar ella --. Aura no vas irte, conmigo vas quidar, de hambre tarás, vente, vente -- añadió entre besos, invitándolo a seguirla.
     Ella le señaló la dirección a seguir con el movimiento pendular de su lámpara a kerosene. Tomando la talega que traía con especial cuidado desde el otro lado del río Marañón, Joshé se dejó llevar, pero esta vez se fijó bien cual era la senda para llegar al hogar de su enamorada.
     Don Justino y doña Tomasa, los padres de ella, celebraron su llegada alabándolo con diversas expresiones quechuas que incluían la palabra «qatay» (yerno); el pequeño Tiulli (diminutivo de Teodoro) también lo recibió con gratitud, abrazándolo y llamándolo en perfecto castellano: «cuñado». El se sintió muy afortunado de ser tratado con tanto cariño y de estar nuevamente en ese lugar maravilloso, donde no hacía frío y el cielo siempre estaba estrellado. «Me hacen sentir ya de la familia», les dijo. «Aquí encontré a la mujer de mi vida, mi verdadero amor», afirmó luego, tomando las manos de Azucena para besarlas con ternura.
     Ni bien ingresaron a la habitación reservada para atender a las visitas, Joshé los sorprendió sacando de la talega los bonitos regalos que compró en Parobamba. Al patriarca le dio una elegante camisa de algodón a rayas, a doña Tomasa le trajo una falda floreada y unos aretes con cuentas de piedras naturales, al niño le alcanzó un pantalón de dril color beis y un camioncito de madera, y a su amorcito le obsequió un coqueto sombrero de paño rojo y una blusa blanca con bordados color naranja en pechera y mangas.
     La cena fue muy especial porque charlaron amenamente y entonaron lindas canciones en quechua. Casi a la medianoche, con la felicidad dibujada en el rostro, se fueron todos a dormir.
 
     Desde aquella vez, cada tres semanas, sin necesidad de guía, llegaba Joshé cargado de regalos, cenaba alegremente con la familia y después se acostaba con Azucena. En todas las ocasiones, ella lo despedía de madrugada dándole tres monedas de oro y haciéndole la misma exigencia: «No duirmas con tu mujer; voy saber, si te acuistas con illa no mi volvirás ver».
     Cuando estaba con ella olvidaba las preocupaciones, experimentaba un gozo extraordinario; el amor recíproco que los unía cubría todos los espacios de alegría, tocaba con su mágico encanto la tranquilidad del lugar. 
     -- Poco poco ti vas quedar. Ya no ti vas ir-- dijo ella.
     -- Aquí todo es tan tranquilo, tan sano. Allá donde vivo hay tantos problemas, gente envidiosa, codiciosa, peleanderos, asesinos.
     -- Sé dionde vines, todo sabimos. Tú eris bueno, yo ti quero.
     -- Allá hay mucha pobreza. Acá viven alegres como si nada faltara. Yo mismo soy aquí feliz.
     -- Vamus ser feliz, queréndonos; todo tenimos, todo hay, otro que nu hay en puiblo hay.
     -- ¿Y cómo es tu pueblo?
     Una noche, después que toda la familia se había dormido, Azucena condujo a Joshé por el camino que atravesaba el campo florido. A medida que avanzaban, las estrellas alumbraban como si fuera día, capturando la vista el verdor de los campos, los diferentes colores de las flores y otras plantas. El camino que iba en leve bajada blanqueaba por delante.
     Ella no le dijo lo cerca que estaba. Al llegar a una loma, él quedó maravillado al descubrir el magnífico pueblo de Azucena asentado en un hermoso vallecito. Tanta belleza junta, parecía un sueño. Vio un centenar de casitas con muros cuadrangulares y circulares de piedra; techos de una, dos cuestas y cónicos; eran viviendas de diferentes tamaños, agrupadas en varias hileras que llegaban a una plazuela redonda; a los cantos habían huertos, árboles gruesos y muy altos; en las faldas de los cerros próximos estaban los corrales de animales y las chacras; más al fondo, el velo blanco de una cascada daba origen a un riachuelo que bajaba bordeando el pueblo. La quietud era absoluta. No había movimiento, todos dormían. Joshé y Azucena se miraron, abrazaron y besaron; dieron vueltas tomados de las manos y luego, con las mejillas juntas, frente al panorama de ese lugar de fantasía, se dijeron lindas palabras de amor.
     -- Quero ser tu mujer, cuntigo vivir.
     -- Y yo, soy tan feliz contigo. Quiero tenerte siempre conmigo.
     El lejano canto de un gallo les indicó que debían regresar. Ya en el dormitorio, ella le hizo el amor de una forma tan singular y atrevida que lo dejó fascinado; fue el cierre espectacular de una noche inolvidable.
     -- Si mi sacas vuelta, no mi encuntrarás. Puirta no abriré, anqui llores-- le susurró, innovando la despedida--. En dos mises vendrás vivir, tres viajes y cunmigo ti quedarás.
     -- Amor mío, así será-- le aseguró él. Rendido en un largo beso, no vio ni sintió la bolsita de veinte monedas de oro que puso Azucena en su alforja.
  
IV
 
     Entre Potrero y Quenua quedaba su felicidad. En Huacrachuco lo esperaba la dócil, sencilla, inexperta, pero también agraciada Catalina, sin duda con el deseo de brindarle su cuerpo fértil y toda la frescura de sus diecinueve años.
     Si Joshé lograba pasar dos meses más sin tener relaciones íntimas con Catalina, podría quedarse definitivamente allá arriba, junto al cielo, con Azucena. Con ese propósito se trazó un plan: Debía entregar, una por una, las monedas de oro a los más necesitados; separarse de Catalina dejándole la administración de su patrimonio; anticipar a la familia que pronto emprendería un largo viaje; y, finalmente, renunciar al correo.
     Pero cometió dos errores. El primero fue darle tres monedas de oro a Catalina. Y el segundo fue que comenzó a hablar más de lo debido.
     Mientras Joshé ordenaba la casa y arreglaba todo aquello que hallaba imperfecto o descompuesto, Catalina comenzó a comprarse ropa nueva y ponerse más alegre con su esposo. Él fue mudo testigo del proceso de cambio; sin dejar de ser amable, se mantuvo evasivo y sin desearla el primer mes.
     -- Tiene el cabello castaño claro y los ojos más lindos que he visto. Sabe acariciar, mi mujercita de las alturas me sabe contentar-- rompió su silencio ante un amigo coetáneo, una tarde que bebieron chicha con alcohol de alambique --. ¡Pero no cuentes, ah, no cuentes!.
     -- Como paro viajando, encontré en la puna un nuevo amor. Vive a la vuelta de un cerro donde hay campos de flores y un lindo pueblo, allá arriba no hay problemas ni carencias, viven felices -- le confió a un familiar, quien al escucharlo creyó que estaba perdiendo la razón --. Con ella me voy a vivir. Pero te pido: ¡No vas estar contando, a nadie, ya!.
     Al regresar del segundo de sus proyectados tres últimos viajes, encontró un escenario que cambiaría radicalmente el curso de su plan. Una de las dos personas que sabían algo de su secreto cometió la ligereza de decir: «Tal vez tenga otra mujer»; aunque  tal expresión sólo hizo eco del rumor que ya circulaba en todo Huacrachuco. Y Catalina, su frágil y alegre cónyuge, lucía muy cambiada y atraía la mirada de otros hombres, a sabiendas que él ya no la tocaba.
     -- Buenos días doña Catalina, que tenga un lindo día -- se detenía uno a saludarla con extremada atención. Mimosa ella, correspondía cortésmente.
     -- Doña Catita, ¿cuándo va ser su faina?-- le preguntaban con interés otros en plena calle. Junto a su marido, ella respondía con frases cortas. El miraba desconfiado.
     -- Cada día más hermosa, doña Catita -- se atrevía a decirle algún otro lugareño cuando iba sola. Ella siempre se portó como una dama, nunca le dio demasiada confianza a los que disimuladamente la pretendían.

     Joshé empezó a sentir celos y a ver la belleza de Catalina en todo su esplendor. Una mañana, ella no se hizo las trenzas de costumbre, sino que cepilló su cabello castaño hasta alisarlo y lo acomodó con una vincha, destacando su rostro terso, su sonrisa perfecta y la mirada angelical; la falda floreada, una blusa de encaje y los charolados zapatos de taco bajo, complementaban su nueva apariencia.
     Apenas la vio, así tan primorosa, Joshé no pudo resistirse a la tentación de tocarla, besarla y poseerla con toda la ansiedad contenida en su humanidad de veinticuatro años. Catalina se sintió inmensamente feliz de recibirlo nuevamente en su cuerpo y Joshé complacido de revalidar su masculinidad, retomando el dominio total de aquel imperio femenino. Se amaron intensamente, anulando recuerdos y entredichos, sin importarles nada ni nadie del mundo exterior.
     Después, sólo después, Joshé sintió remordimiento por haber roto su promesa de amor. Salió a caminar, miró con vergûenza hacia las alturas, se golpeó las piernas con los puños, apretando los dientes se reprochó el haber sido débil, porque todavía amaba a su mujer ideal: Azucena.
     Catalina no imaginaba la razón de la tristeza de su marido, pero como buena esposa que era estuvo pendiente de él, brindándole atenciones, siempre comprensiva y más hogareña que en días pasados. Joshé sólo le dijo que ya no quería viajar.
     La visita de amigos y familiares reanimó al postillón que pronto estuvo dispuesto a emprender un nuevo viaje a Parobamba -- el que debió ser su tercer y último viaje--, para cumplir su importante misión. La mañana que partió, iba muy bien arreglado, luciendo el limpio saco de bayeta azul, como siempre; llevaba la alegría en el rostro, pero la tristeza guardada en su interior.
     No tardó en tomar la decisión de ir directo al paraje de las grandes piedras, donde podría encontrarse con Azucena. Estuvo allí a media tarde. El ichu estaba crecido y no había camino alguno, sin embargo llegó al lugar de encantamiento: una enorme piedra incrustada en el mismo cerro. El siempre hallaba dicha piedra limpia de maleza, pero esta vez casi no se notaba, estaba totalmente cubierta de musgo.
     Pasó casi dos horas pasteando las bestias, intranquilo, caminando entre las piedras o sentado sobre alguna de ellas, pensando distintas formas de explicar o justificar su infidelidad. Nunca halló el argumento perfecto.
     Ya cuando la claridad se extinguía, fue a sentarse en la misma concavidad natural del cerro donde ocurrió el primer encuentro. En vano esperó que Azucena apareciera. Lloró mucho, esa noche fue la más triste de todas las noches de su vida.
     Abrió los ojos a media mañana, volviendo a sentir de golpe el mismo dolor de las últimas horas. Fue hacia la piedra de encanto, se arrodilló ante ésta y tocando el musgo que la cubría rogó llorando: ¡Ábrete puertita, por favor!. ¡Muévete piedrita, déjame entrar!. ¡Ábrete puertita, arrepentido estoy!. ¡Ya pues, por favor ábrete!. ¡Déjame ver a mi Azucena!. ¡Qué va ser de mí, de amor voy a morir!. ¡Azucena, mi princesa, Azuchita bonita!. ¡Azucenaaaa, ábreme, Azucenaaaa...!
     Por la tarde y por la noche repitió el ruego, pero la piedra continuó en su estado de quietud milenaria. Quedó muy deprimido, atormentado por el sentimiento de culpa y la inmensa tristeza de no volver a verla, escucharla ni tocarla. Para consuelo, en la madrugada, encontró a su adorada Azucena en un fugaz sueño en el que sólo ella podía hablar: «Íramos feliz, bunito sido», «Nu llores más, sumaq wayna, nu llores», «Tu gente ti quere», «¡Anda con tu siñora, buina es, espirándote tá illa!».
     Volvió a despertar todavía con pena, pero con menor remordimiento. Debía continuar su viaje a Parobamba, a toda prisa, porque le urgía regresar rápido a Huacrachuco. Era preciso hacer llegar a tiempo los envíos de correo y también su herido corazón para que sea curado por el amor absoluto de Catalina.





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 (*) Esta historia fue recogida de fuente oral. El protagonista Joshé existió, trabajó como encargado del correo en Huacrachuco (Marañón, Huánuco),en los años cincuenta o sesenta del siglo pasado y tuvo siete hijos con Catalina. Mucha gente no cree en las historias de encantamiento; a Joshé le sucedió lo insólito y, felizmente, tuvo una larga vida para transmitir el relato de un amor que él siempre consideró real, aunque imposible.

viernes, 22 de junio de 2012

CAMINOS PARALELOS


En las pausas de la cuesta soy feliz, 
cuando la veo mirarme de soslayo,
meneando su sombrero.
Despuès, algunas vueltas de mula màs tarde,
Hortensia se lleva la mitad de mi alegrìa.
A caballo se va, silueteando curvas por la banda,
siguiendo el manto solar
que se recoge al atardecer.
Y en esta montaña, durante un siglo,
queda enhiesto mi alumbrado amor
frente a la esperanza de volverla a ver.
Tengo un amor en estado de reposo.


En picado exploro el curso del río, planeo, sueño.
Los viajeros prefieren la nueva unión.
El viejo puente de abajo
cruje ya muy poco,
esperando otras tablas le ha llegado el otoño.
No hay abismos ni distancias insalvables,
sólo el puente nos separa.
En aquel durmiente paso gotea mi amor
cuando no veo a Hortensia por el cerro de enfrente,
cuando su discreta mirada no captura la mìa.

Cinco veces  sus ojos de princesa me han alcanzado,
su sonrisa he conocido en cinco instantes,
y sé que le pertenecen ya mis cinco sentidos.
 Siempre sobre el zigzag, mi ninfa y yo,
pero en acèmilas de diferente corral,
atrapados en direcciones contrarias.
Hasta ahora nuestros pasos no se juntaron.
Parece que ella no vendrà y yo no irè.
Mas sé que estamos cerca.
Le enviè saludos con las madres lugareñas
y el ùltimo domingo me trajeron alegrìa:
Hortensia ya sabìa mi nombre.
 
Estoy en la ruta del encuentro con ella
y no pararè hasta compartir todos sus tiempos.
Aunque hoy avanzamos por caminos paralelos,
nuestro destino no es rectilìneo.
Pronto nos rebelaremos contra el norte de la brùjula
y tomaremos no sólo las lìneas curvas
sino también las secantes.
Para la tácita primera cita
sòlo hay que hacer crujir el viejo puente de nuevo.