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miércoles, 11 de septiembre de 2013

RASCACIELOS PREINCAS


Enigmático legado de los Señores Yarowilcas
 

En la misma época de los castillos feudales europeos, en el antiguo Perú se levantaron formidables edificios hasta de cinco pisos, dentro de complejos militares-administrativos, en las crestas de empinados cerros de la sierra. Quienes los construyeron fueron los yarowilcas, etnia jamás sometida por los incas. Más de mil años después, los castillos peruanos continúan en pie, recordándonos la supremacía y poder que tuvieron los Señores Yarowilcas.

Los castillos son vestigios de una gran cultura. El pueblo yarowilca  estuvo formado por valerosos guerreros y hábiles constructores que entre los siglos X y XIV ocuparon la región del Alto Marañón (Huánuco, Ancash). Se consideraban hijos de Libiac, dios rayo, y como tales se situaron en las partes altas de los cerros, desde donde mantenían el control absoluto de su territorio. Para protegerse de posibles invasiones de sus enemigos -- las tribus selváticas principalmente--, construyeron torreones de vigilancia en las cumbres y delimitaron sus tierras a manera de feudos, con murallas altas; asimismo, contaban con terrazas de cultivo, corrales para el ganado y un sistema de canales que evidencian amplio conocimiento de la ingeniería hidráulica.

El cronista Felipe Guaman Poma de Ayala, quien se autotituló descendiente de los yarowilcas, cuenta que pertenecieron a la cuarta generación de gente guerrera (Auca Runa). En su obra «Nueva crónica y buen Gobierno» (1615) escribió: «De sus pueblos de tierra baja se fueron a poblarse en altos y serros y peñas y por defenderse y comensaron a hazer fortalezas que ellos les llaman pucara. Edeficaron las paredes y zerco y dentro de ellas casas y fortalezas y escondedixos y pozos para sacar agua da donde beuían [...] Abido grandes rreys y señores y señoras prencipales y caballeros [...] Sobre ellos fue enperador apo (poderoso señor) Guaman Chaua, Yaro Uillca [...] fue señor apsoluto en todo su rreyno de los yndios antigos desde su nación, aunque abía otros muchos rreys de cada fortaleza. Pero éste tenía más alta corona antes que fuese Ynga y después fue temido del Ynga y ací fue su segunda persona del dicho Ynga».

Y es que los yarowilcas llegaron a ser la etnia más importante y poderosa entre todas las naciones que habitaron en el antiguo territorio de Huánuco. Su poderío militar fue tal que los Incas no pudieron someterlos. La ubicación de sus fortalezas en terrenos agrestes y flanqueados por abismos, hacía fracasar cualquier ataque.

En «Historia de Huánuco» (1959), José Varallanos refiere que no fue fácil para el Inca Túpac Yupanqui la conquista de los pueblos del norte: «Los Wanucos y demás, a la sazón gobernados por la dinastía de los Yarowilcas, conforme a Guaman Poma, y capitaneados por su Rey Apo Capac Chaua, opusieron poderosa y organizada resistencia a las tropas cusqueñas; usando de sus fortalezas situadas en partes estratégicas y sacando ventaja de la topografía del terreno, en defensa de su patria, costumbres y libertad [...] En verdad, los Incas, luego de comprobar el poderío de la nación Yarowilca y aliadas, conforme a su política de acercamiento, antes de una guerra larga y acaso riesgosa, pasadas las primeras batallas, habrían llegado a trabar relaciones amistosas con los huanucos, celebrando finalmente las paces.[...] Así habría nacido la Confederación Inca Yarowilca».  

Se cree que el correinado de la región del Chinchaysuyo duró hasta 1532. Pedro Pizarro, en la narración que hace de la captura de Atahualpa en su obra «Relación del descubrimiento y conquista de los indios del Perú» (1571), nos proporciona otro dato relevante: «detrás de la litera del Inca venía otra, igualmente importante, lo que causó desconcierto entre los españoles. Cuando se inquirió por la identidad del personaje, respondieron que era el Señor de los Chincha».

Julio César Tello, padre de la arqueología peruana, consideró al Chinchaysuyo como una poderosa nación o imperio constituido por pequeños reinos confederados sujetos a un emperador Yaro.

FORTINES DE PIEDRA Y BARRO

Los yarowilcas habitaron en complejos urbano-militares magníficamente diseñados para su abastecimiento, quehaceres domésticos, ceremonias rituales, defensa y ejercicio del poder. Cada una de estas fortalezas —suman 81 sitios arqueológicos, en un área aproximada de 65 kilómetros cuadrados de dominio imperial— están construidas con piedras en forma de adoquines, puestos en hilera y unidos con barro.

En las ciudadelas además se distinguen casas-habitación, de un solo nivel y techo a dos aguas; torreones o atalayas para vigilancia, de planta semicircular o redonda, con escalera interior tipo caracol; se cuentan hasta tres murallas de defensa, en cuya cara interna sobresalen peldaños de piedra, dispuestos estratégicamente para que los soldados parados allí se vieran más grandes, y con sus lanzas y hachas repelieran cualquier intento por tomar el fuerte.

Los fortines se hallan a una altitud de 3400 a 4100 m.s.n.m., la mayoría en la sierra de Huánuco, muy cerca a la selva. Se los encuentra desde Chavinillo y Choras (Garu), distritos de la joven provincia Yarowilca; los hay en los distritos huamalianos de Llata (Huaman-Huilca), Singa (Huata), Puños, Miraflores, Punchao, Chavín de Pariarca, Jircán (Urpish) y Tantamayo (Susupillo, Piruru, Japallán), donde al parecer estuvo el corazón del Imperio Yarowilca. También los hay en Rapayán, provincia de Huari, Ancash. Por añadidura, se puede mencionar que guardan cierta familiaridad con las construcciones de Tinyash (Huacaybamba, Huánuco) y Marcahuamachuco (Sánchez Carrión, La Libertad).

Al respecto, el historiador huanuqueño Límber Rivera Dionisio indica: «La arquitectura de Tinyash muestra cierta semejanza con la de Tantamayo, lo que supone una influencia intercultural. En las construcciones de Tantamayo también se utilizó el cuarzo blanco como un aditamento ornamental, como se puede observar en la parte posterior del Castillo Sussupillo, donde una franja blanca de cuarzo marca el inicio del último piso del edificio» (Huánuco: Etapa Prehispánica, 2001).


Los Yarowilcas, según la mano prodigiosa
del dibujante ayacuchano Dionisio Torres Moreyra
Conocidos como los «rascacielos de América prehispánica», los edificios miden de 10 a 13 metros de altura por siete u ocho metros de ancho, algunos hasta de cinco niveles; tienen puertas y ventanales cuadrangulares, escaleras interiores formadas por lajas salientes de los muros y vigas de esquisto micáceo de 2.5 metros empotradas en las paredes; los pasadizos son estrechos, apenas de 1.50 metros, y la altura de cada piso bordea los 1.80 metros. La solidez de los castillos es determinada también por sus muros, cuyo espesor es hasta de un metro.

Precisamente, son estos antiquísimos rascacielos andinos los que más enigmas han sugerido a historiadores, arqueólogos y antropólogos; los que dejan perplejos a los turistas y los que evidencian con su vertical y maciza presencia que los antiguos habitantes del valle de Tantamayo desarrollaron una arquitectura sin igual en América.

Fueron descubiertos en 1828 por el sabio arequipeño Mariano Eduardo de Rivero y Ustáriz. El creyó que eran construcciones incaicas; en su obra «Antigüedades peruanas» (1841) se lee: «Desde el pueblo de Chavinillo comienza un sistema de fortificaciones o castillos, como se llaman por estos lugares, situados en ambos lados de la quebrada. No he podido descubrir lo que movió a los incas a construir en esta parte del interior y fuera del gran camino que conducía a Quito, tantos lugares de defensa, mas presumo que sería con motivo de las guerras o invasiones que sufrieran de las tribus [...] la fortaleza de Urpis que está en el interior de la montaña distante cinco leguas de Tantamayo, camino para Monzón y Chicoplaya, es la más grande, la mejor situada y la mejor construida; casi toda es de piedra labrada».

Antonio Raimondi en 1860, el obispo Rubén Berroa F., el arqueólogo Julio César Tello en los años treinta; el historiador huanuqueño José Varallanos, el etnólogo francés Bertrand Flornoy — quien los estudió durante 30 años y los dio a conocer al mundo desde 1947, designando a Tantamayo como la «Pompeya de Huánuco» —, Augusto Cardich y otros investigadores hicieron también valiosísimos registros recorriendo la zona a caballo y a pie; no obstante la agreste geografía, faldearon, subieron, bajaron y volvieron a subir empinados cerros para estar frente a los castillos.

LA PODEROSA NACIÓN YARO

Los Yaros o Yarowilcas coexistieron con los Wanucos ( o Guanucos), en la largueza del tiempo hicieron alianza y lograron después la anexión de los Wacrachucos y otras naciones vecinas, naciendo así el Imperio Yarowilca. Según Bertrand Flornoy, los complejos de  Tantamayo fueron obras construidas por una cultura preinca que alcanzó el apogeo en el periodo Intermedio Tardío (900 a 1460 años d.C.): la Cultura Tantamayo.

Pero no todos aceptan que la etnia Yarowilca haya evolucionado tanto en el conocimiento de la arquitectura como para atribuirle la construcción de los edificios. La opinión de los investigadores está dividida, los constructores bien pudieron ser de la casta de los Guanucos o de los Guamalis.

Durante décadas se discutió también acerca de la existencia del Imperio Yarowilca. Muchos académicos consideraron que no era sino una invención del cronista Guaman Poma, a quien le hicieron mala fama por supuestos datos imprecisos. Al final, las investigaciones le dieron la razón, aunque sólo en parte.

Surgieron dos vertientes teóricas en torno al establecimiento de los Yaros en la región andina. La corriente del origen local nacida de la obra de Guaman Poma, seguida por Julio C. Tello y José Varallanos, variada y fundamentada por el rigor científico de Bertrand Flornoy, Augusto Cardich, Salustio Maldonado, entre otros. Y la corriente de procedencia foránea defendida por el etnólogo francés Pierre Duviols y los historiadores peruanos Amat Olazábal, Flores Galindo, Waldemar Espinoza y varios otros.

Augusto Cardich Loarte propone la tesis que la nación Yaro  o Yarowilca tuvo su asiento original en Lauricocha y que después se desplazó hacia la región del Alto Marañón, alcanzando el apogeo en el Intermedio Tardío.

Estudios realizados en los años 80 por Elizabeth Bonnier y Catherine Rozenberg revelaron que en el estrato más antiguo de Piruru hay restos de un estilo arquitectónico similar al del periodo Kotosh-Mito ( 2500 a 2000 años a.C.), es decir del precerámico, lo cual significaría que los primeros habitantes de Tantamayo habrían tenido su asiento original en Kotosh.

Por las notables evidencias de un patrón arquitectónico en los complejos arqueológicos ya inventariados, el historiador huanuqueño Salustio Maldonado Robles postula que el Imperio Yarowilca probablemente abarcó «desde Rapayán (Sur de Ancash) hasta el N. de Pasco y del río Marañón hasta las cumbres de la Cordillera Central».

El arqueólogo Daniel Morales Chocano sostiene que «durante los años 1000 a 1400 d.C. (período Intermedio Tardío) existieron en los Andes una gran multitud de reinos y señoríos independientes». Del análisis de las relaciones hechas en los primeros años del virreinato, desprende que en los actuales linderos de Huánuco coexistieron antiguamente los Guanucos, Yachas, Queros, Chupachos y Yaros; plantea que el reino Guanuco controlaba los territorios de las actuales provincias de Huamalíes, Marañón y Dos de Mayo.

Según los estudios realizados por Waldemar Espinoza Soriano, los Yaros fueron un pueblo de pastores venidos de la región aymara, que se expandió por el norte hasta Cajamarca y Chachapoyas, y por el sur hasta Ayacucho. Sostiene que el Imperio Yaro fue de duración efímera, entre los siglos XII y XIII; niega que sean los constructores de los castillos y asevera que desde antes de la conquista incaica los Yaros figuraban absorbidos por los Guanucos.

Para César Espinoza Claudio, el grupo étnico de raíces aymara se desarrolló hasta formar el Imperio Yarowilca, que tuvo vigencia entre los siglos XI y XIII d.C. "Todavía se desconocen las causas que provocaron la crisis de su sistema político, su declinación y destrucción posterior. La arqueología postula que a comienzos del siglo XIV se constituyeron en este espacio centro andino varios grupos étnicos: Yaros, Guanucos, Yachas y Guamalíes. Los Yaros se replegaron drásticamente de un Estado imperial a pequeños reinos regionales pero esta vez sometidos al Imperio Inca", señala.

Una posición intermedia tiene el arqueólogo Alberto Bueno Mendoza, quien afirma la existencia del Yaro Arqueológico y Yaro Histórico, siendo los hombres del segundo grupo los que Huaman Poma llama Yarowilcas; refiere que éstos, a la llegada de los Incas, ya no ostentaban el poder imperial. Sugiere que Piruru fue construída por los Guamalis, etnia aborigen que posteriormente se integró a los Guanucos.

En «Huánuco: etapa prehispánica» (2001), Límber Rivera Dionisio dice: «Desaparecida la influencia Yaro, los pueblos ubicados en la zona del Alto Marañón, al organizarse políticamente, habrían dado lugar al surgimiento del reino Guanuco, cuyo desenvolvimiento abarcó los siglos XIV y XV».

La misteriosa y fascinante historia de los hijos del dios rayo -- pudiendo ser éstos de la casta de los Yarowilcas, Guanucos o Guamalis-- continuará generando controversia. Pero allá arriba, siempre arriba, están sus imponentes castillos, como prueba de que desarrollaron con ambición creativa la técnica arquitectónica de la superposición de pisos y escaleras interiores de caracol, superando a los Incas.

RUTA DEL GUERRERO

En la antigüedad los exploradores demoraban más de una semana para conocer las fortalezas yarowilcas. Los visitantes de hoy tienen la ventaja de las carreteras, que permiten aproximarse lo más posible a todos los sitios arqueológicos, pero también hay que caminar bastante. Las opciones de ruta son múltiples, dependiendo del tiempo disponible —recomendable de dos a cuatro días—, provisiones, dinero y físico. La mejor época para realizar la expedición es de julio a setiembre.

Partiendo en auto de Huánuco se puede virar en Chavinillo hacia el pueblo de Choras, de donde se camina media hora hasta el cerro Cóndor Huaganan (donde llora el cóndor) en cuya ladera está Garu (3700 msnm), una ciudadela muy admirada por sus torreones, gran concentración de edificaciones rectangulares y circulares, calles, canales de agua y terrazas de cultivo.

Por lo general los exploradores llegan en carro hasta el poblado de Tantamayo (3400 msnm) y siguen la denominada «ruta del guerrero», que une Susupillo con Urpish y, si las piernas aguantan, Rapayán; es decir, atraviesan parte de la provincia de Huamalíes (Huánuco) y terminan su recorrido en el distrito limítrofe de Rapayán, provincia de Huari (Ancash).

En el trayecto se podrá observar la evolución gradual de la arquitectura a que hace referencia Flornoy, cuando dice que los constructores lograron «corregir la forma trapezoidal de las primeras edificaciones (Susupillo, Piruru), reducir y suprimir el desnivel prudente de los pisos superiores», hasta levantar edificios de paredes altas y rectas como los de Urpish, en el distrito de Jircán, provincia de Huamalíes.


La perfección de la arquitectura yarowilca. Muros altos y rectos en la fortaleza de Cruzpampa - Urpish.



Lo ideal es salir bien temprano por la mañana. Al sureste de Tantamayo comienza la aventura: hay que dirigirse a Pampa Florida, a pie o en carro, y de allí someterse a la prueba de resistencia que significa el ascenso a Susupillo (4100 msnm). En aproximadamente una hora de camino por la pendiente se logra vencer los 500 metros de desnivel y es entonces que recién comienza a verse la tercera muralla de defensa, el torreón izquierdo de ocho metros de altura y de pronto, a modo de mágico golpe visual, el imponente castillo de cinco pisos, considerado el edificio prehispánico más alto de América.

Según Bertrand Flornoy, Susupillo era, sin duda, el centro del poder, la residencia del jefe: «Allí estaba el poder, por tanto allí estaban los medios de defensa, incluyendo una profunda trinchera, las reservas de alimentos, la representación de la divinidad serpiente...». Desde esta invulnerable ciudadela se visualiza un amplísimo territorio.

Faldeando por la parte baja del mismo cerro, en pocos minutos se llega al Complejo de Jipango (3700 msnm), cuyos castillos de dos y tres niveles se hallan rodeados por terrazas de cultivo.  

Cruzando el río Quenuavado se asciende en aproximadamente dos horas a Piruru (3900 msnm), sitio arqueológico que está frente al pueblo de Tantamayo. Allí la parte más importante está compuesta por una hilera de edificios (los dos centrales de cinco niveles) unidos por una muralla.

En esta parte de la ruta, aquellos que no disponen de varios días pueden regresar a Huánuco; los que sí, encontrarán más maravillas...La luz del día se extingue, hay que acampar; el cielo estrellado, más allá de ser un deleite visual, nos permite reconocernos como microscópicos elementos, pero únicos en el universo.

El camino conduce a Selmín Granero (3850 msnm), un conjunto de 20 colcas o depósitos cuadrangulares alineados siguiendo la forma natural del cerro, parece un tren con vagones de piedra; son los únicos vestigios de presencia Inca en la zona.

Después se prosigue hacia los petroglifos de Llama Llama, donde existe una piedra de cuatro metros de diámetro, que tiene grabados perfectos dibujos de auquénidos en diferentes actitudes y posiciones de movimiento.

A poco más de una hora de allí, literalmente flanqueado por precipicios, se encuentra la ciudadela de Japallán (4100 msnm), que impresiona gratamente por mantener sus construcciones intactas: torreones de planta circular, habitaciones con puertas semitrapezoidales, adoratorios, observatorios y un edificio de cuatro pisos. Algunos estudiosos sostienen la hipótesis que allí moraba una casta sacerdotal.

La vista espectacular de la Cordillera Blanca, en el lejano frente, es un aliciente para seguir la huella de nuestros antepasados.

Luego de pasar Laguna Blanca y Mishquicocha, donde lucen su hermosura huachuas, patos y garzas, se continúa por el Camino Inca hasta Urpish (3474 msnm), la meta mínima para todo explorador que se precie de serlo.

A mitad de camino se tendrá que decidir si se toma o no el desvío que conduce a Laguna Carpa (3200 msnm). En el pequeño pueblo de Carpa se encuentra comida caliente, la necesaria ofrenda al paladar y al estómago antes de pasar a admirar la maravilla lacustre y conocer la piscigranja, que ha convertido a este recóndito lugar en un polo de desarrollo; en el río que baja se puede pescar truchas. Conviene saber que de Carpa se sale a Monzón y de allí a Tingo María.

La tercera noche será bajo algún techo del poblado de Urpish. Se comprobará, una vez más, que los peruanos del interior acogen con su sencillez y calor humano a los foráneos; son hospitalarios y buenos anfitriones.

Los valientes guerreros, habiendo capturado en notas, fotografías, vídeo y en su propia memoria las bellas construcciones de Urpish y parte de la esencia de los yarowilcas, pueden continuar indoblegables hacia Ancash. En la continuidad del hermoso paisaje aparecerá pronto la frontera fluvial y ninguno resistirá la tentación de darse un chapuzón en las tranquilas aguas del río Marañón, lo harán, para luego seguir frescos y más motivados hacia Rapayán. No existe carretera, el camino de herradura es la única opción. Viendo aparecer distintas especies de aves, mariposas e insectos, viendo cómo se va transformando y adquiriendo nuevas características la flora en el trayecto, ni se siente el rigor de la caminata.

LAS RUINAS Y MOMIAS DE RAPAYÁN

En las partes altas de los cerros de Rapayán existen más de una decena de sitios arqueológicos. El principal es Shuccoraga (3700 msnm), donde hay chullpas de dos niveles con puertas trapezoidales, torreones de dos y cuatro pisos, con ventanas y peldaños que sobresalen del muro para subir a la parte alta. Muy cerca de allí se halla Huashgo, cuyos atractivos son un edificio de tres niveles, numerosos recintos de forma cuadrada y circular, una muralla de 100 m. y una torre semicircular de 10 m. de altura.

Chaupis es otro lugar que asombra, ya que posee dos tumbas decoradas con frisos triangulares, accesos trapezoidales que apenas superan el medio metro de altura, y techos con lajas salientes, sobrepuestos en tres niveles y separados entre sí 60 cm. Un poco más lejos, al oeste del pueblo de Rapayán, están el bien conservado castillo de Tactabamba (4087 msnm) y Mata Castillo. Hacia el sur encontramos el fortín de Qantumarca, que conserva aún la majestuosidad de su arquitectura: muro perimétrico, torreones, chullpas y una atalaya de siete metros de altura. Y hay más por conocer: Wacsa Castillo, Rurijahuan, Uchumarka y otros.

Para los recios caminantes la gloria será completa, porque en el poblado de Rapayán hay un museo donde se exhibe el tesoro arqueológico-cultural recogido de las ruinas: un fardo funerario íntegro, momias desembalsamadas que conservan su piel y cabello, numerosos cráneos --uno de ellos con evidencias de habérsele practicado la trepanación craneana al estilo Paracas (Ica)--, tejidos, hachas, cuchillos, pequeñas herramientas de hueso y diversas piezas de cerámica.

También es de admirar una iglesia colonial, cuya ubicación —según cuentan los lugareños— permite que los tañidos de su vieja campana sean escuchados también al otro lado del río Marañón, en los pueblos huanuqueños de Arancay, Jircán y Singa.

Tras varios días de caminar por las laderas, es bueno abrazarse por haber cumplido el objetivo trazado y, sobre todo, poner en el horizonte de tantas montañas las imágenes que la mente conservará para siempre.

Finalmente, a los exploradores les llega la hora de volver a sus vidas de tiempos limitados y pago de cuentas, al frío cemento y al aire contaminado de Lima. Sólo resta viajar en carro 27 kilómetros más hasta Uco, pintoresco poblado ancashino de donde parten buses y camiones hacia Chavín de Huántar y Huaraz.Aunque retorne a la dura realidad, todo turista vuelve alegre y optimista; eso es muy grato. Cierto explorador dijo a sus compañeros lo siguiente: «Hemos realizado una magnífica exploración por el antiguo Perú y el actual, pudimos integrarnos a la naturaleza, logramos aprender algo de la sencilla vida que llevan los herederos de una cultura milenaria y nos vamos revitalizados, dispuestos a vencer otras montañas muy distintas. Lima es ahora el destino final».