miércoles, 14 de octubre de 2015

EL USHNU DE HUANCHAY

Un templo preinca de culto al agua

Delante del ushnu se halla el pueblo de Huanchay.
El ushnu de Huanchay (Huacrachuco, Marañón, Huánuco) fue construido en la parte central de su territorio, teniendo delante la plaza principal y una posición estratégica respecto a la salida del sol. Por los marcados desniveles del terreno y los restos de pircas rudimentarias, se puede inferir que por lo menos tuvo cuatro plataformas circulares, superpuestas y concéntricas que le daban el aspecto de una construcción piramidal, cuyo acceso a la parte superior era por una escalinata.

Fue un sitio sagrado donde se oraba y ofrendaban líquidos a los dioses con atributos de control de la lluvia (Libiac, señor del rayo reluciente) y la fertilidad (Pachamama), ya que de su intervención dependía que tuvieran una buena producción agrícola. Al ushnu acudían los habitantes de lugares aledaños y también peregrinos de tierras lejanas, en una jornada marcada por el fervor religioso y la solemnidad de los rituales; el acto público era simbólicamente una forma de acercarse a la fuente de vida: el agua. El mismo nombre del lugar, huanchay, que significa «el que llega de lo sagrado» o «llega el agua sagrada» [1], habría originado una fuerza de fe muy grande.
   
Cabeza clava del ushnu de Huanchay. Nótese las lágrimas en este rostro tallado
en piedra. Podría ser el precedente de las cabezas clavas de Tinyash (Pinra,
Huacaybamba, Huánuco), donde el rostro es liso, la nariz prominente y las lágrimas 
aparecen sólo dibujadas; también la forma más primaria de las estilizadas cabezas 
clavasde Chavín (Huari, Ancash). Fue hallado por el patacino Walter Ramos Correa.
Las pircas hechas con piedras toscamente labradas y unidas con argamasa de barro , así como los hallazgos de fuentes-paqcha de piedra, un huaquito que representa a un guerrero wacrachuco, las cabezas clavas --rostros con lágrimas, que guardan relación con las cabezas clavas de Tinyash (Pinra, Huacaybamba, Huánuco) y por extensión con las de Chavín (Huari, Ancash), notablemente más estilizadas--, y diversos utensilios de confección primaria, nos indican que en Huanchay hubo un templo preinca muy importante.

Allí residía un sacerdote sabio conocido como yachaq (el que sabe), quien dirigía las ceremonias de culto al agua y a los dioses tutelares, función que pudo recaer en el curaca local; como no podía ser de otra forma, se le consideraba hijo del rayo, un elegido, una persona tocada por el dios Libiac para ser guía religioso del pueblo; con el transcurrir del tiempo su prestigio fue aumentando y llegó a reconocérsele habilidades de adivino -- sobre todo por su capacidad para predecir el clima-- y, tiempo después, de maestro curandero o chaman; con la imposición de la religión cristiana, en la época colonial, el yachaq pasó a ser llamado despectivamente brujo, aunque la gente aborigen continuó respetando su conocimiento.

Al igual que el sacerdote, en la antigüedad, un curaca de las zonas altoandinas de Huánuco también era considerado hijo del rayo, un ser escogido por Libiac para ser jefe de los ayllus y conducir los destinos de su pueblo; como máxima autoridad local, gozaba de gran respeto y prestigio. «El rayo ha tenido desde tiempos antiguos un significado que lo relaciona con el conocimiento. Es así como, las personas relacionadas con él, pueden convertirse en chamanes en el mundo andino. Los hijos del rayo, es decir, los gemelos (o curis) y los nacidos con lunares o manchas, tienen un carácter sagrado (...) Asimismo, las personas ‘tocadas por el rayo’, aquellas a las que les ha caído un rayo y han sobrevivido, son consideradas como elegidas por la divinidad, y no tan solo pueden convertirse en chamanes o maestros curanderos, sino que además gozan de un gran prestigio», sostiene la historiadora y arqueóloga española Ariadna Baulenas i Pubill [2].

Refuerzan tal aseveración los dos lunares que se aprecian en el ídolo denominado Curaca de Huanchay, valiosa pieza arqueológica esculpida en piedra blanca que muestra el rostro de la autoridad local. Además de las marcas divinas, este vestigio lítico descubierto hace dos años en el mismo ushnu, nos proporciona información sobre el carácter dominante del jefe de ayllus, la importancia que tuvo y la etnia a la que pertenecía. El tocado, en particular, lo relaciona con los wacrachucos, antiguos habitantes de la región del Marañón, ya que semeja una bolsa cuyas puntas le dan la apariencia de un sombrero con cuernos («wakra», cuerno; y «chucu», sombrero); tal apreciación coincide con lo que menciona el profesor Melanio Rojas Villaorduña, en «Huacrachuco, su historia y sus costumbres»: « los wacrachucos usaban como sombreros unos gorros tejidos de paja pita o cabuya en forma de una pequeña bolsa o red amarrada en la parte superior, lo que le daba el aspecto de un cuerno» [3].

Cabe referir que Libiac fue la principal deidad de los yarowilcas, quienes se llamaban a sí mismos descendientes del rayo y consideraban que de ese origen divino emanaba su conocimiento para el dominio de las técnicas agropecuarias, la organización social, la arquitectura y el arte de la guerra. Según el cronista Guaman Poma de Ayala, la etnia yarowilca llegó a ser la más importante y poderosa entre todas las naciones que habitaron en el antiguo territorio de Huánuco; conformó con los wacrachucos y otros pueblos vecinos el Imperio Yarowilca. 
Fuente-paqcha desenterrada en Huanchay. Era un utensilio que se usaba en los ritos
ceremoniales de culto al agua; se colocaba en la parte superior del ushnu para
empozar el agua de lluvia destinada a fertilizar a la Pachamama. Obsérvese
que el recipiente de piedra tiene la forma de un estanque natural con su canal,
ni más ni menos que la diminuta representación en piedra de una
laguna andina con la naciente del río.
La práctica religiosa en todos los ushnus de la serranía se modificó en el incanato; en el de Huanchay también se produjeron variaciones. Al ser sometidos los wacrachucos, los incas impusieron el culto al dios Inti (Sol), a la diosa Quilla (Luna), a Wiracocha (creador del mundo) y a los hijos del Sol, pero no pudieron relegar a un segundo plano al dios Libiac, produciéndose una simbiosis socio-religiosa que permitió incorporar la figura de Illapa, dios inca de la lluvia, y mantener el ancestral culto al agua y a la Pachamama.

Diseñado para filtrar las ofrendas líquidas, contaba el ushnu con un sistema de drenaje para el agua de las lluvias que llenaban el pozo y las fuentes-paccha que había en la plataforma superior. El agua se secaba, literalmente desaparecía, porque había en la estructura del ushnu una abertura de entrada y otra de salida. Tan cierto es esto que el poblador huanchaysino Eber Herrera Medina, quien vive en la parte baja del ushnu, nos cuenta: «Detrás de mi casa hay un sitio donde el agua desaparece, entra y entra, es como un hueco, lo he tenido que tapar y desviar el agua por otro lado». Al parecer el conducto de salida para el agua que se filtra del ushnu está obstruido, porque en el sector que corresponde a la plataforma inferior el suelo es muy húmedo.

A pesar del crecimiento urbano que ha afectado parte de su estructura, el ushnu mantiene su prestancia de lugar sagrado y encierra muchos misterios por descubrir aún. Su importancia no ha mermado; delante de él, en los terrenos que donara generosamente doña Toribia Pantoja Rivera, se halla actualmente el pueblo de Huanchay.


Curaca de Huanchay


Se ha denominado así a un ídolo de piedra que muestra el rostro de una autoridad local preinca o del jefe de los ayllus que antiguamente habitaron la región de Huanchay. La talla artística permite apreciar la dentadura completa, ojos profundos, nariz clásica cubierta al parecer con una láminilla que viene de la frente y dos lunares: las señales divinas del elegido o las marcas sagradas que identifican al curaca representado como hijo del rayo.
Rostro del jefe de los ayllus, con las señales del elegido:
los lunares que lo distinguen como hijo del rayo.
Aunque su acabado es rudimentario, resaltan la expresión dominante del rostro, las orejeras y el tocado que no era sino una bolsa cuyas puntas le daban el aspecto de un sombrero con cuernos, lo cual lo relaciona con los wacrachucos, habitantes que en la antigüedad ocuparon las actuales provincias huanuqueñas de Marañón y Huacaybamba.

Este vestigio arqueológico, que tiene un peso aproximado de 30 kilos, habría sido enterrado para evitar que fuera destruido por los españoles en la época de la extirpación de idolatrías. Fue hallado en el 2013 por el poblador huanchaysino Éber Herrera Medina; sin duda, se trata de una escultura de enorme valor cultural e histórico que nos habla de la importancia que tuvo en el pasado Huanchay.


Piezas arqueológicas halladas en el ushnu. En cantaritos como el de la foto se hacían las ofrendas líquidas. 
Huaco de guerrero wacrachuco. Nos indica
que el territorio huanchaysino  no sólo recibió
influencia sino que formó parte de los dominios
de los feroces wacrachucos. Este diminuto
ceramio es de color negro, que
representa el poder, la fortaleza,
el prestigio y el misterio.


 
 

Según la leyenda, en la época de luna nueva se ilumina este lugar y aparece
una puerta celestial en forma de arco, la misma que se abre
permitiendo ver una especie de túnel que va al interior del ushnu.

Puerta del ushnu













¿Qué era un ushnu? 


Era un lugar sagrado, de estructura piramidal trunca y escalonada, por lo general un adoratorio donde se realizaban rituales de culto al agua y a los dioses relacionados con el clima, la producción agrícola y la fertilidad; entre las deidades principales estaban Pachamama (Madre Tierra) y Libiac (poderoso dios de la lluvia, el rayo, el relámpago y el trueno). Según Augusto Cardich, Libiac era una divinidad muy respetada y temida por los pueblos del centro andino peruano, «ordinariamente considerada un jirca o awkillu (espíritu de la montaña o la deidad que mora en ella)».
En Catequil se rendía culto al agua. La estructura destinada
a las ofrendas líquidas tenía contenedores y canales.
El culto al agua y la veneración a Libiac -- conocido con los nombres de Pariacaca, mítico dios andino del agua y de las lluvias; Tunupa, dios del rayo en la cultura Tiahuanaco; Guari, divinidad de Chavín con poderes para llenar de agua las acequias; Catequil, deidad del rayo en las culturas Caxamarca y Wamachuco; y después también como Chuquilla, Catuilla o Illapa, dios de la lluvia y del clima en la cultura Inca-- se remontan a tiempos ancestrales. El agua era de vital importancia para los antiguos peruanos y de su escasez o abundancia dependía la producción agrícola que les permitía subsistir, por ello le rendían culto en ceremonias consideradas de las más importantes dentro de su práctica religiosa.
«Fue general en el antiguo Perú este culto al agua, estos ritos de invocación del precioso líquido fertilizante», asevera la Dra. Rebeca Carrión Cachot en su libro «El culto al agua en el antiguo Perú» (1955), un amplio estudio en el que revela el uso ritual de las fuentes-paqchas (vasijas de cerámica o piedra, hechas para las ofrendas líquidas) desde los albores de las culturas preincaicas. En el mismo sentido, el arqueólogo Luis Rodolfo Monteverde Sotil, quien ha realizado minuciosos estudios sobre los ushnus, señala: «se podría decir que el antecedente del ushnu como estructura arquitectónica compleja estaría en las pequeñas paqchas de cerámica, madera o piedra, presentes en las diversas culturas preincas. Como las paqchas, los ushnus tenían una entrada y una salida para el agua que se ofrendaba» [4].

Pozo para ofrendas líquidas, en Aypate (sierra de Piura).
Los ushnus constituían la base de un sistema religioso complejo que permitía el desarrollo de la vida comunitaria en armonía con las fuerzas de la naturaleza y los dioses. Mediante las ceremonias rituales se lograba la unión del Hanan Pacha (el cielo o mundo de arriba), el Kay Pacha (este mundo) y el Ucu Pacha (subterráneo o mundo de los muertos y espíritus). Esta conexión mágica ocurría en la plataforma superior del ushnu, allí había un contenedor, fuentes-paqcha o pequeños pozos construidos de piedra y barro, donde se vertían las ofrendas líquidas (chicha o sangre de animales).

Eran sitios establecidos donde se oraba y realizaban ofrendas a los dioses para que enviaran el agua a la tierra. En la costa podían tener sólo una plataforma (Tambo Colorado, en Pisco, Ica; Incahuasi, en Cañete, Lima), mientras que en la sierra hasta tres o cuatro niveles (Aypate, en Piura; Pumpu, en Junín; y el monumental Vilcashuaman, en Ayacucho). En las zonas altoandinas, precisamente, los ushnus se situaron en colinas estratégicas; fueron la representación cercana de los grandes cerros tutelares, respetados y venerados desde la época de los pueblos originarios, considerados seres sagrados que recibían el agua proveniente del cielo y la administraban en beneficio de los hombres; así, los ushnus cumplirían similar función, claro que siguiendo criterios religiosos de larga maduración y muy arraigados, de allí su diseño como santuario de estructura piramidal, cavidad interior y canales de drenaje.

«La concepción del ushnu como imitación de las montañas y nevados implicaba la adopción de un adecuado diseño que permitiera captar y contener el agua de las lluvias y de las ofrendas líquidas que se vertían en él. Es por ello que presentaban en su interior una cavidad especialmente construida para este propósito» (...) «Las lluvias o las ofrendas líquidas, venidas del mundo de arriba, se depositaban en el interior de los ushnus (mundo del medio) y eran absorbidas por el sistema de acueductos para así pasar al mundo de abajo y fecundar a la tierra. La construcción de los ushnus, en cada centro administrativo, hizo posible que todo este proceso, explicado oralmente a través de la religión, fuera observable y entendible», explica Monteverde Sotil, refiriéndose a los ushnus incas [5].

Pirámide de la Huanca, en Caral (valle de Supe, Barranca, Lima). Este modelo
lo reprodujeron los incas en la plaza Haucaypata y en Machu Picchu.
Las estructuras piramidales son de larga data. El caso más notable lo encontramos en Caral (3000 a.C.), que cuenta con siete grandes pirámides o ushnus con graderías, destacando entre ellas la Pirámide de la Huanca, llamada así porque está alineada a una huanca larga (piedra sagrada), plantada en el centro de la plaza que se halla delante. Otro ejemplo, más cercano, de ushnu con pocitos o contenedores para las ofrendas líquidas y canales de drenaje, es el templo y oráculo de Catequil (800 d.C.), ubicado en Santiago de Chuco (La Libertad), que «estaba dedicado enteramente al culto al agua», conclusión a la que llegó su descubridor John R. Topic. Ello nos confirma que los ushnus tienen sus raíces históricas en la época preinca, en la que diversas culturas construyeron altares donde se ofrendaban líquidos e inclusive se hacían sacrificios de camélidos u otros animales en honor a los dioses. 

Formidable construcción inca en Vilcashuaman (Ayacucho).
Con el paso del tiempo los ushnus fueron adoptando nuevas funciones y se produjeron algunas modificaciones en su estructura y simbología. En la región andina, bajo influencia y control inca, el ushnu fue conceptuado como un estrado, altar o trono, desde donde el monarca o su representante (podía ser el curaca local) dirigía las ceremonias religiosas y cívicas. Según Felipe Guaman Poma de Ayala,  «usno» es el trono y asiento de los incas en cada huamani (provincia). El cronista indio habría tenido tal concepto, básicamente, por los asientos de piedra o tianas que se colocaban para el inca en la plataforma superior.   

Para José Luis Pino Matos, en la época inca, la idea del ushnu «se fue sofisticando, adoptando el aspecto de plataformas, incluyendo tianas (asientos de piedra) y pozos de ofrenda o cochas con sistemas de drenaje, adquiriendo un carácter más complejo, pero comenzando a conformar un nuevo concepto que quizá con el tiempo pudo haber sido redefinido» [6]. El mismo investigador estima que fueron adquiriendo la función de observatorio astronómico, «al estar simbólicamente amarrados a sus deidades los astros y ser el punto de conexión entre los mundos de abajo (Uku Pacha) y de la superficie que habitaban (Kay Pacha) y demostrando en forma conjunta una ‘teatralidad del poder’, en ceremonias donde el Inka o su representante ocupaba una posición central que conectaba todas las direcciones sagradas»[7].

Ushnu de Aypate (Ayabaca, Piura).
Sin duda, fue en la época inca en que el ushnu es convertido en un eficaz instrumento de dominio y control social, en un importante símbolo de poder político y religioso. Pino Matos afirma categóricamente: «La sociedad inca en su política imperial utilizó muchas ideas desarrolladas por sociedades anteriores a ella, entre las cuales la del ushnu fue empleada como parte de la dominación ideológica en los territorios conquistados, sobre todo en la región del Chinchaysuyu con más monumentalidad»[8].

En opinión de Monteverde Sotil, durante el incanato, el culto al dios del trueno, rayo y relámpago, «sería el resultado de una serie de sincretismos acaecidos en épocas preincaicas relacionados principalmente con las aguas de las lluvias. Precisamente en la Situa, fiesta que buscaba purificar los males producidos con el inicio de las lluvias [mes de setiembre], la imagen de Chuquilla era llevada al Haucaypata, en donde había un ushnu, en el cual se ofrendaba chicha en su honor» [9]. Por descripciones de los cronistas españoles se conoce que en la plaza Haucaypata, ubicada en el centro del Cusco, había una alberca de lajas, en medio de la cual estaba plantada una piedra larga (huanca sagrada), «de la forma y hechura de un pan de azúcar» ( Cieza de León), que «tenía una funda de oro que encajaba en ella y la tapaba toda» (Pedro Pizarro); dicha alberca (pozo, pila o fuente) «tenía un agujero debajo de [la] tierra hasta las casas del sol y el trueno y Hacedor» (Cristóbal de Molina), lo cual da a entender que las ofrendas líquidas llegaban, o al menos eso se creía, por canales subterráneos hasta los templos Coricancha (Inti), Pucamarca (Chuquilla o Illapa) y Quishuarcancha (Wiracocha).

Por su parte, Ariadna Baulenas, abordando el tema de la religiosidad pre y post-inca, advierte que casi no se tiene constancia del culto a las deidades incas, «mientras que sí disponemos de amplia información sobre la veneración a los fenómenos relacionados con la lluvia y sus expresiones como el rayo, el trueno y el relámpago. Estos fueron oficializados dentro de la religión oficial incaica a través de Illapa, figura que apareció fruto del sincretismo entre la religiosidad de varias sociedades preincaicas y la nueva religión imperial» [10].

Ampliando el panorama, nos dice que al término del incanato los cultos oficiales desaparecen y resurge el sustrato religioso preincaico: «Con la imposición de la religión católica, se produce una especie de sincretismo (al que las poblaciones ya estaban acostumbradas, precisamente por las adaptaciones realizadas con la conquista inca) en el que las deidades andinas se reconvierten en figuras católicas. El caso paradigmático es la asociación de la Virgen y la Pachamama, que perdura hasta nuestros días. Viracocha es reconvertido en San Bartolomé y el propio Illapa en Santiago. No ocurre lo mismo con Inti, quien no tiene paralelo en la religión católica»[11].


En verdad, los cultos preincaicos no desaparecieron del todo, porque de alguna forma mantuvieron su vigencia. Durante la colonia y hasta los años ochenta del siglo XX, en los ushnus  huanuqueños se realizaba el «pagapuy» o ceremonia de pago a la tierra, que consistía en llevarle al espíritu del cerro algunas hojas de coca, un cigarro y una copita de chicha de jora o alcohol. Aún hoy en día, los ushnus como el de Huanchay, el de Gochachilca y otros que hay en Huacrachuco (Marañón, Huánuco), inspiran admiración y respeto, porque son el legado de un grandioso pasado milenario.
Ushnu de Gochachilca (Huacrachuco, Marañón, Huánuco), un lugar sagrado que mantiene
su imponente aspecto de pirámide pentaédrica. Tenía cuatro plataformas sobrepuestas y
concéntricas, afirmadas con pircas de contención, y contaba con una escalinata de piedra
que conducía a la parte superior, donde había una piedra larga plantada en medio y
alrededor varios pocitos para el agua de lluvia. La piedra sagrada o huanca habría sido
«de la forma y hechura de un pan de azúcar» (Cieza de León); ello explicaría
por qué cerca del ushnu hay una zona que se llama Pan de Azúcar.

 En la época preinca, en este lugar se realizaban ceremonias de culto al agua , que incluían
las ofrendas líquidas (chicha generalmente) en honor a la Pachamama y a Libiac, dios del rayo
reluciente y de la lluvia, para ser favorecidos con buenas cosechas y aumento del ganado; los
oferentes llevaban a la cima cantaritos, parte de cuyo contenido era vertido en un hoyo que
literalmente succionaba el líquido, esto debido a que el ushnu contaba con un sistema de drenaje.
En la época inca se continuó con las ofrendas líquidas, pero en honor al Sol. Después de la
invasión española y hasta los años setenta u ochenta del siglo XX sólo se realizaba en el lugar
el «pagapuy» o ceremonia de pago a la tierra, que consistía en llevarle al espíritu del cerro
algunas hojas de coca, un cigarro y una copita de chicha de jora o alcohol.

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 [1] Artículo: Acerca del nombre «Huanchay». El Quinto Jinete, 26 Dic. 2014 - http://el-goico.blogspot.com/2014/12/acerca-del-nombre-huanchay.html
[2] Ariadna Baulenas i Pubill (Universidad Autónoma de Barcelona). La divinidad Illapa en el panteon imperial incaico. Investigaciones sociales/ Vol. 16 N°28, pp. 333-341 (2012), UNMSM-IIHS. Lima, Perú.
[3] Melanio Rojas Villaorduña. Huacrachuco, su historia y sus costumbres. Primera edición, p. 31 (2012). MC Gráfica Andina S.A.C. Lima, Perú.
[4] Luis Rodolfo Monteverde Sotil (UNFV, Lima-Perú). Los ushnos en la administración estatal Inca. Boletín Apachita N° 13 (2008). Laboratorio de Arqueología de la Universidad Católica del Ecuador, Quito.
[5] Ibid.
[6] José Luis Pino Matos (UNMSM, Lima-Perú). El ushnu y la organización espacial astronómica en la sierra central del Chinchaysuyu. Revista Estudios Atacameños N° 29, pp. 143-161 (2005). Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Museo de la Universidad Católica del Norte, San Pedro de Atacama, Chile.
[7] Ibid.
[8] Ibid.
[9] Luis Rodolfo Monteverde Sotil (UNFV, Lima-Perú). Los Incas y la fiesta de la Situa. Chungara, Revista de Antropología Chilena. Volumen 43, N° 2, pp. 243-256 (2011). Departamento de Antropología de la Universidad del Norte, Arica, Chile.
[10] Ariadna Baulenas i Pubill (Universidad Autónoma de Barcelona). La divinidad Illapa en el panteon imperial incaico. Investigaciones sociales/ Vol. 16 N°28, pp. 333-341 (2012), UNMSM-IIHS. Lima, Perú.
[11] Ibid.