lunes, 4 de noviembre de 2013

MOLLY EN EL BRASERO

Cuento breve

Los insultos de un solo lado cortaron bruscamente la alegría de la reunión y se opacaron todos los asistentes. Molly trató de defender sus cosas, se abalanzó sobre el agresor casi llorando, pero una cachetada furibunda terminó con ella en el piso.

—Sí. La chucha me ha dolido para tener todo lo que tengo— reaccionó ella, armàndose de un coraje que pocos le conocían.

Hombres y mujeres se quedaron estupefactos y al instante todos dirigieron una mirada de condena al visitante, quien cruzò raudamente el cuadrado de la casa hacia la calle. Luego volvieron a mirar a la madre soltera, pero no encontraron sus ojos ni su rostro; habìa desaparecido detràs de sus manos.

— Es un salvaje, destruyò todos los artefactos; ese vago que la dejó sola tantos meses con su niño, no tiene derecho a exigir moralidad ni decencia. El estúpido se siente burlado, cuando jamás le dio un centavo para que coma su hijo. Descubriéndola ante todos sòlo demuestra lo poco hombre que es— fue el sesudo comentario de Alonso Fajardo, el recièn graduado en La Catòlica, para quien ella seguirìa siendo la señora Molly, la que siempre lo animò y apoyò con sus prèstamos para acabar su tesis.

— Mejor nos vamos — le sugiriò su enamorada. La pobre necesita estar màs sola que nunca.

Alonso miró a Molly con profunda pena y salió lentamente, moviendo la cabeza de un lado al otro, apretando los dientes de impotencia.

— Sabìa que esta era una puta. Siempre con buenos vestidos, zapatos de charol, dàndosela de gran dama, con negocio propio. No es màs que una zorra barata como le dijo su ex — susurrò Sandra, la pindonga màs asediada del vecindario, acercàndose lo màs posible al oído de doña Inès.

— No hables asì— contestò la sexagenaria, con voz calmada pero àcida—. ¡ Tù no sabes por què esta mujer eligiò ese camino!.

Unos opinaron; otros, confundidos por sus propios pensamientos, sòlo callaron. Salieron mudos de la casa donde minutos antes festejaban despreocupados. Atràs quedaban varios electrodomèsticos destrozados, un equipo de sonido silenciado a la fuerza y una mujer con su pena.

Sòlo una voz se impuso a espaldas de tantos cuerpos que huìan por la oscura calle:

—Yo me quedo con Molly, porque soy su amiga...