sábado, 18 de febrero de 2017

HUMANO



Ser del mundo.
Esencia de razas, efecto matiz.
Terrícola viajero, hombre-luz.

Sensorial explorador, hombre-genio.
Resultado de sumas y reducciones.
Conversor de sueños en conceptos y materia.
Aún caído, perdido en la noche sin fin,
tu cerebro halla la Cruz del Sur
y aparecen las respuestas a los acertijos,
los caminos de plata
hacia los colores de la naturaleza.
Eres un elemento creando elementos.

Prototipo imperfecto, hombre-contraste.
Nunca estás en estado terminado:
te deforman los cambios y conflictos.
Eres un emperador inquieto
en su metro cuadrado
y súbdito de un jefe interno
caprichoso, ambicioso, inconforme;
rival de maestros y todólogos
en el rol de modelador, modelo y molde.
Igual puedes ser hombre-león u hombre-robot,
noble hombre-delfín o traidor hombre-lobo.
Creador o creación, te espera el uniforme
de pobre, de rico, de jerarca, de subordinado;
tu destino es la condición de digno, de ruin,
de culto, de ignaro, de sincero, de embustero,
de hombre-amor, hombre-poliedro, hombre-odio.
Da miedo tu rastro en el espacio blanco.
Hombre-tiburón-víbora-camaleón-buitre:
Eres animal salvaje con piel humana.

Ente abrazador, hombre-agujero negro.
No es suficiente llegar a la frontera,
tu satisfacción es efímera, caminas siempre más. 
Quieres ver más, oir, oler, tocar, saborear más.
Más alto, más lejos, más adentro:
te llama el infinito.
Construyes una casa y quieres otra.
Llegas a la cima y quieres volar.
Humano: no es malo que vueles,
lo malo es que te alejes demasiado de ti mismo,
de tu tronco, de la paz, de la justicia.
Puedes fijar tu destino aún desde las nubes,
aunque no siempre controlar tu vuelo.

Hombre-pájaro, después de tantas escalas
tus sueños ocupan un piso en el rascacielo,
pero la vida queda afuera, la alegría a ras de suelo.
Por pretencioso, desearás ser omnímodo
y algún día, sin que las alas pesen,
volverás a tierra
donde varias de tus raíces se habrán secado,
esperándote,
mientras tu árbol reverdecía arriba,
con el agua que faltaba abajo.
Hombre-anverso, hombre-reverso, hombre-extremo.
Eres absorbente y succionador,
un piloto en prueba,
un curtido atleta del macrocosmos
buscando la felicidad en el mapa celeste.

Cosmonauta, no eres puramente hombre.
Tienes rasgos de arcilla, de piedra sílex,
de mineral, de árbol, de animal neógeno,
de agua, de nube, de estrella expansiva.
Traes el olor de las sementeras, del ichu,
de la achupalla prendida a la ladera,
del venerado quishuar, del barro de alfarero,
del granizo y de las especies silvestres.
Perteneces a los arenales, al oasis perdido;
a los valles y bosques, a la montaña de sal;
al mar, al río, al arroyo, al puquio sagrado,
a la laguna del toro de cuernos dorados;
a las minas, fábricas, talleres y oficinas:
estaciones de producción del dinero volador;
a las calles de caminantes sin rostro,
a las fiestas, a los estadios y a los parques
donde está la diversión en movimiento;
a las ondas hertzianas y las redes sociales.
Tienes un lugar, el asiento que elijas,
en los pliegues milenarios del planeta.
Ser integral, hombre-historia, hombre-naturaleza.
Eres a diario el producto final,
la síntesis de todo.


Maleable, hombre- mineral.
Llevas en la mente la reciente marca
del aceite oscuro y del filón dorado.
Sobrevives en el reino que se disputan
los poseedores del oro y del uranio.
Eres hermano de soldados de plomo,
cobre, bronce, hierro, cinc, plata, platino,
reclutados para arriesgar la piel en las minas.

Hombre-piedra-masa-polvo-acero.
Eres roca extraída del socavón.
Parientes lejanos de doscientos seis huesos
y mansiones sin olor a tierra profunda
se atreven a decidir tu futuro.
Te fragmentan, hacen polvo tus sueños,
te seleccionan por tus partículas,
te funden, te moldean, te codifican,
te ubican en la maquinaria de dominio.
Pero se olvidan que piensas en la libertad,
que puedes darle voz a los números,
y que tu cuerpo puede tomar
del exterior más de lo que ha perdido,
puede regenerar el todo original.
Eres de piedra y barro, de cemento y acero.
Ser integrador, hombre-conjunto.
Diseñador del futuro, hombre-diamante.

 Indestructible, hombre-renacimiento.
Te hieren el mundo natural y tus creencias,
palidece tu vida frente a los ojos de la muerte.
Te aguijonean tus miedos y carencias, 
te desmoronas, te sientes 
hombre-arena entrando al mar,
pero te rescatan las voces de otros afligidos;
te ponen en vertical las lágrimas de sangre
que son solo sudor en las épicas batallas.  
Te soplan muchos vientos, te humillan,
te despojan de todo, te marginan, te expulsan,
y regresas a reconquistar lo tuyo,
con el sano amor ramificándose en tus adentros,
la esperanza abriéndote nuevos caminos,
la delicadeza y humildad en mayor edad,
con los errores empuñados por el aprendizaje,
y con la sagacidad de un zorro andino.

 Pareces inmortal, hombre-Ave Fénix.
Renaces purificado, con la gloria en crecimiento,
y la fuerza descomunal para mover montañas.
Tus detractores aprisionan la lengua,
hablan su cuerpo inmóvil y los ojos agrandados.
Te consideraron destruido, muerto, eliminado;
saben ahora que es posible resucitar,
pararse, andar, volver victorioso de la oscuridad,
y que nada se mantiene quieto en el orbe.
 
Ser imaginativo y temerario, hombre-pez.
Quisieras caminar por el fondo marino
con la escafandra de Julio Verne.
Avanzas cual piscívoro impenitente,
con la esperanza de nadar mil años,
sin ver al Mero gigante que devora al tiburón.
Tu conducta es dual: pez grande y pez chico.
En medio de agitadas olas mundanas,
sabes quién ser y hasta revelas tu superyó,
porque sólo la perfección elimina las diferencias,
sólo lo correcto estimula
a continuar en el cosmos
en estado de mejoría permanente.

Heredero universal, hombre-mensaje.
Desciendes de la casta de pintores rupestres,
de talladores de puntas para la caza,
de fabricantes de adoquines pétreos,
de cinceladores de lajas que hablan,
de constructores de sacras pirámides.
Tu herencia está en el valor rojo del músculo,
en la visión naranja del homo sapiens,
en la abundancia púrpura del conocimiento. 
Tu paso por la Historia está registrado 
en los petroglifos y huancas plantadas, 
en dibujos y símbolos comarcales 
fijados en muros, mantos y ceramios; 
en los cimientos urbanos sitos al sur del futuro, 
concebidos para unir el cielo y la tierra
en el lenguaje de píos geómetras.
Tomas la secuencia de brincos culturales
y te manifiestas cual gen dominante.

Trotamundos, hombre-tacto, hombre-nombre.
Por toda la Tierra están tus huellas dactilares;
la marca de tus pies, rodillas, nalgas, codos;
las obras diseñadas primero en tu cabeza;
los códigos mejorados de otras civilizaciones
y los nombres que pusiste a los cuerpos.
¡Oh, el nombre! Un sello de nacimiento.
Humano: Tú eres el hombre
y el nombre que viaja por el tiempo.
© All rights reserved, 2017







sábado, 4 de febrero de 2017

AMADA MÍA


Sales sola de la pausa oscura
y avanzan por la escalera redonda
las saetillas que apocan la hora cinco.
La cacerola recibe sentada al fuego
y la manzanilla de rendidos ojos amarillos
abandona por tu mano la mesa,
dejando solo al olor de los panes.
Amada mía, ¿cómo logras dominar el tiempo?

Despiertas con tus manos de hoja verde
la rosácea ternura de los niños,
con tus pasos de alma su sonrisa primera
y con tu voz de generala cómplice
el coraje que se erguirá como ayer y antier,
tan sólo al ponerse el pequeño pie a tierra.
Amada mía, ¿cómo logras el equilibrio?

Somos cuatro caminando ligero
por la superficie curva del pueblo joven.
La noche se llevó los pesares anteriores
y se ha sentado con nosotros
la apetente paz en el desayuno.
Amada mía, en el exterior hay espinas,
pero en familia nos purificaremos a besos.

Se atropellan las vocecitas de campanilla.
Tengo las citas frescas en la memoria
y las pruebas calificadas en el portafolio.
Y tú, te vas a limpiar casas ajenas
para ayudarme a transformar nuestra barraca
en un hogar donde no pase el frío ni el agua.
Amada mía, tus sombras son mis sombras,
tu luz mi luz en los caminos apartados;
la calma estaría ausente, el amor pálido,
si no fueras tú mi elemento espejo.

Nos llama el Sol para tomar el mundo.
Haremos caminar nuestra juventud afuera,
igual como cuando éramos obreros
de rotación y horas extras.
Por los niños que crecen en la primaria,
debemos abrir cada día puertas distintas,
dominar las fuerzas de rozamiento,
dirigir nuestras palabras en línea horizontal
y poner en retirada al cansancio
en la esporádica parada.
Amada mía, cuento con tu reserva de cariño
para no desfallecer en todo eso.



© All rights reserved, 2017.





domingo, 15 de enero de 2017

SUICIDA POTENCIAL

 
En el bus hinca su humanidad un hombre
que por instinto se aleja de la muerte.
Exhibe una herida que pocos ven,
porque es mejor no ver para que no nos duela,
porque es muy sencillo ignorar un mal
cuando la pierna, el colon o el ojo son ajenos.
¡Qué distinto al suicida es ese sujeto,
que hace viajar su herida de bus en bus!
El valiente busca una sola oportunidad:
un atajo para volver al camino de la salud.

Un joven rechazado por su amada
se deprime, se le rompe lo vivido,
colisiona con su forma de existir.
Deja una nota y toma una posibilidad.
Va hacia el centro inexacto del puente,
siguiendo su plan de líneas cortas,
y mira quieto los doce metros del viaje...
Silban vientos contrarios,
las ideas entran en crisis:
Vida-muerte, sombra-luz,
amor-desamor, sur-norte,
tesis-antítesis, izquierda-derecha,
arriba-abajo, adelante-atrás,
Sí-No, lucha de opuestos.
 El invierno se aleja del puente,
se lleva un recuerdo en camisón blanco.
Como si nada, el mendigo del puente camina,
sufren sus rodillas, su espalda y el coxis.
¡Quién pudiera nutrirlo, curarlo, enderezarlo!
 
En ocasiones, el caos ocupa el ser,
las rutas de escape forman círculos,
un zombi pisa la semana, el mes o la estación.
Alguien está en transición hacia el color negro,
nadie se entera de la cita ineludible
con la bala, el nudo, las píldoras, el abismo.
Pero el plan acaba en la orilla del minuto final,
en el sitio de la última batalla con el no-yo.
Una voz infiltrada en la nebulosa
o una mano de ángel tomando otra mano,
pueden impedir el giro del tambor,
el salto, la inmersión,
el pase del trago mortal por la rendida boca.
  
Si la idea del suicidio me dominara mañana,
esperaría el Nautilus para entrar al mar.
O elegiría el peñasco del cóndor
para entregarme, en calmado trance,
al vuelo terminal con los brazos muertos.
Pero me gustaría que no fuera mi hora,
que los cerros se animaran, se juntaran,
levantaran polvo antes del impacto
y me elevaran hasta los pastizales de ichu,
donde haya una choza para acostar mis males.
Despertaría alegre cual niño andino,
tocado por la energía vital del dios Libiac,
de las estrellas de la Vía Láctea,
de las huachuas reflejadas en espejos azules;
fuerte como el rojo y el amarillo de la rima rima,
dispuesto a recibir los rayos del Este en el ushnu,
para regresar purificado al Gran Camino...

¿Por qué acortar la vida, si podemos esperar
la llegada de un momento digno?.
Una despedida con himnos de libertad
en las múltiples lenguas que recoge el viento.


© All rights reserved, 2017.
 

martes, 3 de enero de 2017

PESCA CON ATARRAYA EN EL ANCHIC



El niño recién llegado los miraba desde el viejo molle situado cerca de la unión del Huacrachuco con el Anchic [1]. La frondosidad del árbol y la inclinación de su centenario tronco mantenían una zona seca en plena lluvia, a la orilla del rugiente río Huacrachuco; hasta ese lugar había corrido el curioso forasterito cuando escuchó decir a doña Primitiva que los niños estaban pescando en la otra banda.

La voz delgada de Juaneco se escuchaba nítida y dominante a pesar del ruido del río revuelto. Descalzo y mojado, parado firmemente sobre una piedra ancha y algo rugosa, el morenito niño de Mamahuaji [2] dirigía la pesca.
 

-- ¡Estén atentos, voy a volver a tirar la red!--anunció. 

-- ¡Cashi, entra al agua!--dijo Milton.

-- ¡Tú no Oliver, espera ahí!. Después tú vas a contar los pescaditos-- ordenó Juaneco a su hermanito de cinco años.

Lanzaba con destreza la atarraya sobre las turbias aguas del río Anchic, parecía más envalentonado cuando por momentos cesaba la lluvia. La red de pesca formaba una figura cuasi circular en el aire y se hundía rápidamente en el río por el peso de sus bolitas de plomo. Milton y Casimiro, más bajitos que Juaneco, ayudaban a recoger la atarraya hacia la piedra y luego a coger los peces que, al borde de la asfixia, daban sus últimos coletazos. Sábalos, pejerreyes, bagres y alguna otra especie de pez que los niños no conocían, fueron atrapados con la atarraya en varias lanzadas exitosas; los peces pequeñitos eran devueltos al río, así lo recomendaban siempre los viejos pescadores como don Buñi.

--¡Se mueve como culebra!-- gritó entusiasmado Casimiro, el trigueñito niño de Huagana [3]. Un espécimen de cuerpo anguiliforme se le escurría de la mano cada vez que intentaba agarrarlo.

--¡Sepáralo nomás, no lo cojas!¡El molote se va volver al río!-- indicó Juaneco--. Con la red lo vamos llevar al balde.

--¡Miren, carachamas!--se emocionó por su parte Milton, el avispado niño de Huacrachuco, apresurándose a desprender tres de estos semi acorazados peces camuflados en una piedra cercana.

En el pequeño huerto del desnivel superior de la ribera, delante de las plantas de cidra y limón, protegida sólo por su sombrero de lana, estaba Anita con una palangana de plástico en las manos, mirando emocionada la faena de pesca; a mitad del caminito que descendía al río se ubicó el inquieto Oliver, con el balde que le llegaba hasta la cintura, para recibir los peces que traían los otros niños. El más contento era Oliver, porque era el dueño del cubo y el encargado oficial del conteo de los pescados, aunque sólo sabía contar hasta siete.

-- ¡Pesha musho, ayuda, pesha!-- clamó Óliver, intentando levantar el balde medio lleno.

-- ¡Yo te ayudo, Olivito!-- contestó muy animada Anita desde arriba, y en un instante estuvo a su lado cogiendo el asa del cubo.

-- Vámonos, ya es suficiente-- dijo Juaneco en tono satisfecho, arrastrando la red hacia la arena.

-- ¡Vienen más nubes negras!-- alertó Casimiro.

-- ¡Sí, vámonos ya!-- agregó Milton, el último en salir del agua.

Apenas Anita desocupó el balde sobre la hierba mojada, Óliver tomó la tinita y comenzó el conteo, cogiendo primero los ejemplares más grandes. La cuenta hasta siete fue perfecta y, como vieron que el pequeñín tenía dificultades para continuar, el resto del grupo lo ayudó diciendo en coro los números que seguían; así fue como Óliver pudo pasar el límite del siete y mantener el orden, por primera vez, de los números mayores hasta dieciocho.

La novedad en el restaurante de doña Primitiva era que el rubio Óliver se había ido de pesca, siguiendo a Juaneco y a los otros niños. Dos niñas de Piso [4], Grizel y su hermanita René, acabaron pronto de limpiar la mesa de comensales y corrieron hacia el exterior para espectar desde la mejor ubicación, bajo el alero del tejado, la aventura de los pescadorcitos en el río Anchic. Eulogia, la criada de doña Primitiva, en vano trató de verlos desde la ventana de la cocina, por lo que se apresuró en servir el refresco a un último comensal y salió con suma curiosidad a mirarlos; su patrona, que llegó después, pudo respirar tranquila al observar que los chiquilines estaban sanos y salvos en la otra banda, en el pequeño huerto de doña Dolora, la mujer del yesero.

Las últimas oscuras nubes se concentraron más de diez minutos sobre Chúcaromonte, debido al cruce de los vientos opuestos en las alturas; finalmente, la ya mermada masa gris fue empujada hacia el noreste por los fuertes soplos provenientes del sur, pasando sólo algunas nubes cargadas hacia el Marañón.

-- ¡Se van las nubes negras!-- exclamó contento Casimiro--. Ahorita se acaba la lluvia-- pronosticó en seguida, sin que sus amiguitos se convencieran de ello. Él sabía del clima, de la fuerza de los vientos y del desplazamiento de las nubes, por historias que le contaba su abuelo.

La unión de los ríos Anchic y Huacrachuco. Apréciese
la casa de Doña Primitiva, el viejo molle, el puente 
y el pequeño huerto de la banda.
Pronto los niños pescadores desaparecieron del huertito, para luego reaparecer contentos por el puente que une a Huánuco con La Libertad, cuando la llovizna casi terminaba. Casimiro y Milton traían la atarraya, Anita la palangana y Juaneco el balde; delante venía, más risueño y con la frente en alto, Óliver. Estaban todos mojaditos, pero su gloria estaba en la docena y media de peces sacados del Anchic, cuatro de ellos sábalos de casi veinticinco centímetros y uno muy singular: el molote, que vivió más que ninguno, pues había terminado de culebrear en el balde.

Christian, el niño de Lima, se alejó presuroso del molle y del bramido del río Huacrachuco para alcanzar a los pescadorcitos en la carretera. Juaneco reconoció de inmediato al blanquiñoso y sonrió de buena gana al verlo, quedando impresionado para sí mismo por la gorrita marrón que usaba, una distinta a muchas otras que había visto, ya que traía adelante como distintivos la letra «C» bordada en amarillo y debajo de esta, a modo de adorno, un diminuto delfín plateado que iba prendido en una peculiar correíta. Milton también lo reconoció, porque en las vacaciones pasadas ambos aprendieron a pescar con don Buñi, el hortelano, en unas pozas que había río abajo, pasando la huerta de doña Primitiva.

-- ¡Pucha, cómo no llegué antes para meterme al Anchic con ustedes!-- se lamentó--. Pero qué buena pesca han tenido, chicos-- agregó luego, palmeando el hombro de los niños y rozando el sombrero de Anita, la simpática hermanita de Casimiro.

-- La atarraya ayuda mucho cuando el río está sucio-- comentó Juaneco con una alegre mueca.

-- ¿Así se llama?. Alguna vez tendré que aprender a usarla yo también-- le contestó Christian, mirando los numerosos trocitos de plomo que tenía la red usada. Era la primera vez que veía una atarraya, el aparejo de pesca que se extiende describiendo un círculo y se recoge formando un cono.

(...)
 

[*] Avance de relato ambientado en los años 80.

[1] Anchic : Río que delinea la frontera natural entre los distritos de Huancaspata (Pataz, La Libertad) y Huacrachuco (Marañón, Huánuco).

[2] Mamahuaji : Pueblo del distrito de Huacrachuco (Marañón, Huánuco).

[3] Huagana : Pueblo del distrito de Huacrachuco (Marañón, Huánuco).

[4] Piso : Pueblo del distrito de Huacrachuco (Marañón, Huánuco).


viernes, 30 de diciembre de 2016

APROXIMACIÓN AL SIGNIFICADO DEL NOMBRE «SHAGAPAY»


En la parte alta y más próxima de Huacrachuco, distrito y capital de la provincia Marañón (Huánuco), se halla el pueblo andino de Shagapay, conocido también como San Cristóbal. La búsqueda etimológica del nombre «shagapay» nos conduce a cuatro vertientes teóricas:

a) Por la pronunciación, «shagapay» puede considerarse una variante fonética del término quechua «chaqpay», que significa «nacer de pie»[1]. Tomemos en cuenta que las palabras sufren modificaciones o variaciones en su pronunciación, especialmente cuando llegan migrantes o se producen cambios político-sociales bruscos en una región; en la provincia Marañón se dio este fenómeno. Además, los nombres de muchos pueblos de Huacrachuco aluden al agua (Huanchay, llega el agua sagrada; Gochachilca, laguna rodeada de chilca), a la tierra (Quillabamba, pampa de la luna; Waripampa, pampa de vicuñas) o a la fertilidad (Huachaj, la que pare).

b) Por la semejanza en la escritura y pronunciación, «shagapay» también guarda relación con la palabra quechua «chakapay» [2], que significa «colocar vigas a modo de travesaño» (de ‘chaka’, puente). Consideremos que en cada invierno el río Saltana, que baja por la quebrada de Shagapay, antaño se llevaba el puente de palos o tablas que se colocaba.

c) Por idéntica grafía, «shagapay» proviene de «shagapa», una planta altoandina cuyas flores son de color amarillo patito [3] en algunas zonas, mientras que en otras son rosadas y moradas [4]. Con el sufijo «y», «shagapay» significa «mi shagapa» o «mi flor shagapa». Sin embargo, la aludida planta silvestre no existe hoy en las alturas de Shagapay, siendo considerada una especie extinta; los viejos shagapaínos dicen que no han conocido la shagapa, pero sí han recibido por transmisión oral de sus progenitores la mención de esa planta de hermosas flores amarillas que crecía entre las peñas y parajes de la altura. Cabe mencionar, por añadidura, que una canción muy popular en Ancash y Huánuco se denomina «Shagapita huayta», en español «ramillete de florcitas de shagapa».

d) Por la similitud en la grafía y formas de pronunciación que revelan un nexo de familiaridad léxica, «shagapay» deriva del vocablo quechua «shakapa», «shacapa» o «shaqapa», árbol de la selva [5] cuyos frutos sirven de cascabel [6]; con el plural de estos términos y también con su variante «shagapas» se designa a los mismos cascabeles de semillas o pepas secas que, colocadas sobre pedazos de piel de res u otro material, hacen sonar en las pantorrilas los bailarines de la danza típica de los Shagapas, Shaqapas o simplemente Shacshas, cuya predecesora fue una danza guerrera [7]. Y es que el origen del término «shakapa» se remonta a la época prehispánica, prueba de ello es el registro de la palabra «xacapa», cascabel, en el Lexicon, o Vocabulario de la lengua general del Perú (1560), de Fray Domingo de Santo Tomás. Una de las variantes en la pronunciación del término original «xacapa» o «shaqapa» es justamente «shagapa», propiciada también por los españoles, quienes al traducir las palabras de nuestro idioma nativo al suyo cambiaron la «q», por la «g», como ocurrió con «Kuntur Qaqa» (cóndor en la peña) que pasó a llamarse «Condorgaga». Es así que «shagapay», mediante esta vertiente teórica significa, con el sufijo posesivo «y», «mi cascabel»; y, en la forma verbal ,«hacer sonar los cascabeles» o «cascabelear».

Lo curioso es que la danza típica de Shagapay no es la de los Shacshas, sino los Monterillos, cuya peculiar similitud con sus pares de la otra danza es que también usan cascabeles, pero estos son de metal. La danza de los Monterillos es también muy antigua y resulta obvio que estos danzantes tuvieron que usar al principio los cascabeles de shaqapa, porque los aborígenes no conocían los cascabeles de metal. Además, los testimonios de viejos pobladores de Huacrachuco dan cuenta que la danza de los Shacshas salía del barrio de Santo Domingo (extremo de Huacrachuco); por la poca disposición de los criollos para la danza y por la cercanía con Shagapay, es de suponer que los shagapaínos eran convocados para bailar. Después, ante la necesidad de contar con una danza propia, los pobladores de Shagapay sacan los Monterillos, que sin duda renació o fue producto del mestizaje cultural y ya tenía fuerte arraigo en los pueblos patacinos de Huancaspata y Chilia, así como en el pueblo marañonense de Huambo, donde funcionaba una importante parroquia religiosa.

Entre las cuatro teorías, considero que tienen mayor asidero las dos últimas, siendo imposible descartar absolutamente una de ellas.

[1] Diccionario Simi Taqe, Academia Mayor de la Lengua Quechua, Cusco, 2005.
[2] Ibid.
[3] Límber Rivera, Las cordilleras Raura y Huayhuash: su importancia geoeconómica, Instituto de Investigación y Desarrollo Comunal, 2003, p. 61.
[4] Geografía física y organización del III Congreso Nacional de Geografía, Iquitos, volumen 4, 1967, p. 141.
[5] Francisco Izquierdo Ríos, Pueblo y bosque: folklore amazónico, 1975, p. 263.
[6] Diccionario electrónico Quechua Ancashino de Francisco Carranza. http://www.romanistik.uni-mainz.de/que…/plantas_quechua3.HTM

Agradecimientos: A Teofilina Villaorduña Caldas, Rosalina Villanueva Malqui y Teodoro Casiano Payajo.

jueves, 29 de diciembre de 2016

ETIMOLOGÍA DE GOCHACHILCA


A poco menos de un kilómetro de la ciudad de Huacrachuco, capital de la provincia Marañón, Huánuco, se halla el acogedor pueblo llamado Gochachilca. Su nombre proviene de las voces quechua «qocha», laguna, y «ch’illka», «chilka» o «chillca», planta silvestre de hojas resinosas y flores de color amarillento o blanco, que crece a orillas de los ríos y en terrenos húmedos; o sea, Gochachilca significa «laguna rodeada de chilca».

Viejos pobladores cuentan que la planta de chilca abundaba en los contornos de las parcelas y sobre todo en la quebrada que baja desde el lugar conocido como Ponto; respecto al porqué existen tantos sitios húmedos, algunos tienen la creencia que bajo el suelo de Gochachilca hay una laguna.

Pero vayamos más allá. Recorriendo su territorio nos damos cuenta que, efectivamente, hay sectores húmedos en casi todas las parcelas, los que son más notorios en época de invierno; asimismo se observa, a simple vista, el marcado desnivel entre algunas chacras y la delimitación por acequias y arbustos. Esto nos remite, primero, a la otra acepción de «qocha», que también significa «lagunitas artificiales que se utilizan en la agricultura para guardar el agua para diferentes cultivos en la época de invierno y sequía» [1]; y, segundo, a la técnica agrícola prehispánica llamada «wachaques» [2], que eran chacras hundidas (a desnivel) para aprovechar el agua subterránea y asegurar la producción normal de vegetales, aunque sobreviniera la temporada de sequía.

De acuerdo a las premisas señaladas, surgen dos teorías:

A) En Gochachilca se represaba el agua en pequeñas pozas (lagunitas) para irrigar los campos agrícolas en la época de sequía; las plantas de chilca delimitaban las chacras.

B) En Gochachilca se empleó el sistema de «wachaques», excavando los terrenos hasta alcanzar el nivel en el que filtra el agua de la capa freática; los arbustos de chilca, sobre bloques anchos de tierra, rodeaban las chacras hundidas.

[1] Diccionario Simi Taqe, Academia Mayor de la Lengua Quechua, Cusco, 2005.
[2] http://www.historiacultural.com/2008/06/cultura-chim.html

Fotos: Cortesía de Gochachilca Marañón Huacrachuco - Facebook.

En el suelo de Gochachilca se da muy bien el maíz, el calabazo,
 la numia (frijol andino), el trigo y la alverja.

Gochachilca en su periodo verde.

Gochachilca en época de cosecha.

Ponto, parte alta de Gochachilca.

Parte baja, hermoso paisaje con los matices de la fertilidad.


GOCHACHILCA :  TIERRA FECUNDA


Hermoso pueblo del distrito Huacrachuco, provincia Marañón, departamento de Huánuco. Tierra de las chilcas y las hierbasantas, de las lúcumas y las tunas, de los purupurus y las zarzamoras, de las dalias y azucenas, de las rosas y campanillas, de la manzanilla y el chincho, de los alisos y eucaliptos, del nogal y la tara, del arrayán y el molle, de las tayancas, del maguey y las achupallas; de los huertos de frutas, hortalizas y hierbas medicinales.

Pueblo de hombres y mujeres que desde temprana edad se entregan a las labores del campo para hacer producir del fértil suelo el maíz, la numia, el calabazo, la alverja, el trigo, la cebada, la caigua, el curao, la alfalfa, etc. Por ello, acostumbrados al empeño en el trabajo, los gochachilquinos (as) pueden abrirse camino en la misma madre tierra o en otros lugares a donde los conduce el caprichoso destino. Hay hijos de Gochachilca en costa, sierra y selva, en Bolivia, Chile, España y en Japón.

Gochachilca todo el tiempo es un pueblo acogedor, allí la vida parece estar siempre en tonos de verde, los sueños de su gente recorren las sementeras, se asoman por las lomas y vuelven con el mensaje de que hay más allá un mundo por conquistar, pero después se ha de regresar para contribuir al desarrollo de la patria chica. Ni la tecnología ni cualquier otra ola de la modernidad ha podido -- y no podrá-- debilitar el cariño de los gochachilquinos (as) por su tierra y sus costumbres, pues la identidad está intacta en el interior de cada uno y especialmente, protegida e invulnerable, en cada una de las casas de tapial con techos de calamina del lugar.